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Cultura
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POR J.J.CABALLERO
DESDE EL JERGÓN
Publicado el 28 de Marzo de 2020, Sábado

Lourdes Paredes Cuellas

Cultura -

Tarde, mañana, madrugada. Noche, mediodía, entretiempo. Todo es nada y la nada lo es todo. Pero aun así, resistir se ha convertido en el verbo a conjugar, y suena herético y fetén al mismo tiempo, como si a los ejercicios de cada amanecer hubiera que acompañarlos de la excusa diaria. Ahora es momento de recular, de recalar y de recalcar. De las cosas que una vez fueron y no quisimos que fueran hasta que serían. De lo que antes era y ahora ya es. De lo que habrá que hacer cuando hagamos lo que habríamos hecho en su momento. Ya no es cuestión de esperar, sino de postergar. Saltan al ruedo las malas noticias, muerden al vuelo las nuevas codicias. Se puede describir de muchas maneras, como el advenimiento de un gran y genial contubernio que acabará con las perseidas fugaces que aún nos dejan admirar al anochecer o como la dentellada rozagante y despiadada de una bestia mucho más voraz de lo que imaginamos.

         Hay esfuerzos ímprobos y probidades inanes. De ahí que todo sea relativo y que no haya nada coherente a lo que agarrarse cuando no puedes demostrar que tienes tacto. Que existen oídos que solo pueden oír lo que ellos quieren. Que tenemos pies que solo sirven para torcer esquinas en las que nos gustaría quedarnos. Que solo las palabras que suenan más alto y más claro son las que permanecerán sin tiempo de permanencia. Que los contratos que nunca firmamos son los que ahora tendremos que negociar con el tiempo, inútil, moroso, desligado de toda entidad. Soterrado, enterrado, socarrado, encerrado. Aquí estamos y allí seguiremos, tratando de desentrañar lo que ya está demasiado claro. Quizá algunos y tal vez otras no seamos tan dóciles ni nos conformemos con esperar las exequias que vociferan desde kilómetros cercanos. Pagaremos el precio que haya que cobrar. Haremos lo que haya que deshacer. Controlaremos lo que haya que descontrolar. Seremos justo lo contrario de donde estaremos. Con sumo gusto consumiremos los huesos que nos den a roer. Es el instinto animal el que ahora, lisonjero, nos arrastra al lugar que de verdad nos corresponde. Nunca antes habíamos estado tan cerca del final ni del principio a la vez. ¿Mirar atrás o mirar hacia adelante? La decisión es tan difícil como no mirar, hacer ojos sordos y oídos tuertos a la desgracia que no está por venir, sino que ha llegado ya.

         Puede que sean pensamientos antediluvianos. O que no nos interese mirar más allá, cosa que por otra parte llevamos haciendo durante siglos de peregrinaje. Cumplan las normas o la normalidad se incumplirá para siempre. Las órdenes son contradictorias, los gritos de alientos escasos y casi inaudibles y los rostros, jarifos y fuera de contexto, difuminados entre la niebla de las terrazas. Menos mal que algunos somos ojienjutos, que no quiere decir insensibles ni poco observadores, solo que de los problemas comunes extrapolamos los males ajenos. No sé si eso es una buena noticia o simplemente que elucubramos más de la cuenta para intentar reatar los muchos cabos sueltos que dejan día sí y día también. En la resma del recuento el peligro es pensar en que podemos salir de esta. De esta no nos libramos. Libramos solo los días libres. Libres y pensando en que nos lo merecíamos. Mecíamos los pensamientos más inofensivos, pensábamos que más que volver íbamos por primera vez, y ahora casi reconocemos que será la última. El carácter acerado, el mar de sendas dentro del alma a punto de bifurcarse en mil direcciones y el espíritu lúbrico restallando en las riendas. Vamos a probar, salgamos al balcón a callarnos todos juntos. Ya que vivimos en el reino de la estridencia silenciosa, ¿ven cómo así resulta todo mucho más impresionante?

         El deshollinador pasa por la calle de al lado, pero su presencia es solo soñada. Es bonito prometer que no habrá más atascos indeseados, y mucho mejor presenciarlo. La facultad de inteligir lo que cada uno sea capaz es tan preciada como poco apreciada. Olvidarlo es remediarlo. Fumigarlo es remilgarlo. Asimilarlo es asolarlo. Solo los más fuertes sobreivirán. Sobreviviremos. Porque los uebos de los nuevos tiempos nos impulsarán a disfrutar más que nunca. Como nunca y hasta nunca. Y porque todos y todas nos lo merecemos. Así sea versus amén.

 

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