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Cultura
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J.J. CABALLERO
DESDE EL JERGÓN
Publicado el 12 de Enero de 2013, Sábado

Lourdes Paredes Cuellas

Cultura -

Felicidad. Esa del nombre tan bonito, la que se acaba siempre a destiempo y nos deja una sonrisa muerta en los labios. Esa que nunca llega cuando se la espera, nos juega un par de buenas pasadas y luego se regodea en su ausencia. Esa que vende máscaras de usar, tirar y disfrutar durante unas horas, o incluso unos días, sin atender a saldos de temporada ni bienestar de salón. ¿Cómo andan las carteras de vuesas mercedes? En mi bolsillo hay una hambrienta, y eso que la carne está siempre en el asador para que al menos engulla algo por la pituitaria. A falta de pan siempre es buena una tísica costumbre. En la morada de madera ya no queda ni un recuerdo, ni un mísero cartel que simbolice el gran advenimiento. Por no quedar no queda ni la memoria, si es que alguna vez echó raíces en algún lugar.

Hay cables enganchados a algún recóndito rincón que uno nunca alcanza a ver ni siquiera a controlar. Se le escapan ciertas conexiones, como la que une cada año las neuronas adormecidas con el hilo musical que adormece a media humanidad, pero nadie dijo que fuera fácil aprender. Son ya décadas de usos y costumbres invariables, variadas solo por la voluntad de los involuntarios testigos de piedra en que nunca quisieron convertirse. A otras esfinges más poderosas se han adorado, podrían pensar. Las de ahora son tan efímeras, tan fofas, tan fútiles en su luminiscencia programada (¿no era la obsolescencia el mal de nuestra era?) que es mejor no protestar. Las aves no migratorias anidan en techos más oscuros y se escuchan a cualquier hora. En el alba que cierra una noche negra de dicha la impostura ya no es necesaria y no hay que pagar ningún peaje para transitar por autovías bien estrechas de miras. Llegó el momento de los falsos pájaros, que vuelan con mucha más libertad y amplitud de campo sin radar ni neblinas turbulentas. Si el trayecto meridional se orientara siempre en la dirección correcta se podría otear durante cualquier estación y desde cualquier punto el centro de todas las revueltas, el verdadero corazón del sur, de pelo blanco, lentes correctoras y cigarro perenne como abrigo de las alcoholizadas sombras que aún vagan entre sus herederos. Él mismo podría haberlo sido, de mayores y más suculentas fortunas, éstas más materiales que espirituales y, claro, mucho menos necesarias. Las plumas que albergan su alma, vagando entre cornetas primaverales y penitencias de spaghetti-western, han creado un saloon entre arenas desérticas, monstruos pantanosos y esencias raciales, y le hacen un guiño eterno desde una improvisada plaza abarrotada de fieles: Santa Leone, ese es el lugar, y ahí hasta el sabor garrapiñado de la derrota es incapaz de llegar.

Quedan por habitar otros desiertos de voces y plantas con sangre en lugar de savia. Fría, por supuesto, y a miles de cuerpos de distancia de cualquier esbozo de cordura. La fórmula es “hache dos o”, o algo así me dijeron, un par de moléculas que arropan a otra en un sencillo pero vital acto por la pervivencia de la especie. Ojalá que llueva café. O mejor, a secas, valga la paradoja. Mientras, algunos usan las siglas a su antojo y viajan a la ciudad de la lluvia, para que la fiesta líquida sea completa en fondo y forma, y descubren que las leyendas, si las dejan crecer, sólo pueden engrandecerse con cada pensamiento, y a ello dedican los minutos de la basura. Yo todavía no la he bajado, por cierto, que ya era hora de utilizar la primera persona, pero si hay que hacerlo se hace, no sin antes disfrutarla. Ya que estamos en ello, a lo mejor un día me pienso tirar la televisión por la ventana. Si la oyeran los vecinos todo sería más fácil, pero creo que me basta con oírla yo, porque lo de ver es secundario. Los ojos están hechos a pares, y por algo será, no es cuestión de contradecir al creador en su máxima condescendencia.

A la hora de las verdades, la supremacía de algunos paisajes urbanos, sobre todo los imaginados, suple el mínimo intento de vivir con los pies en el suelo. Suelo pensar, no con razón, que los zapatos que cada pie calza no son sino el reflejo de su propio camino. Camino solo, sin prestar atención, con los pájaros, la lluvia y las luces mezclándose en la “noche mágica” del alma. Alma de cántaro, y eso que el sirimiri no es tan cruel, ¿qué he hecho yo para merecer esto? Esto ya no es lo que era, pero al menos lo parece, tendremos que conformarnos con lo que hay. Hay gente, mucha gente, gente corriente y corrientes de gente alterna y continua. Continúa el relato eterno: tú escribe el principio que yo ya me sé el final, aunque no pensaba escribir ni una línea. Línea continua, punto y seguido, comillas como dardos. Dardos y flechas que nunca se clavan, sigan disparando a un blanco en continuo movimiento, eso nos hace fuertes. Fuertes vientos en el parte meteorológico, habrá que pasar a la acción, pero sin cámaras si puede ser. Ser mejores, el eterno propósito, lo absurdo elevado al infinito. Infinito es el pensamiento cuando se piensa de verdad. ¿De verdad que vamos a ser mejores?

No acabo de creerme nada, y tan inútil sería el intento de hacerlo como el de sacar algo en claro de todo esto. Lo mejor es sumergirse en la arena y dejarse arrastrar por la corriente. Que la suerte les acompañe, hermanos, y acostúmbrense a no mirar más allá de su nariz, puede que pierdan el juicio al que son continuamente sometidos.

“Vergüenza les tiene que dar buscarse así las habichuelas, así que sirvió para eso ir a diario a la escuela”

‘Las habichuelas’, Sr. Chinarro (Mushroom Pillow, 2012)

 

 

 

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