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Cultura
Hoy es Lunes, 01 de Abril de 2024
POR J.J. CABALLERO
DESDE EL JERGÓN
Publicado el 15 de Abril de 2015, Miércoles

Lourdes Paredes Cuellas

Cultura -

Pedí cromo fundido en la cubertería. Me sirvieron hierro en hilos forjados. Durante el servicio fúnebre la propia muerte me devolvió a la vida. La representación fue tan brutal, tan vívida, que solo una parte de mí fue consciente de que los actores acababan de desaparecer tras el telón. Robando declinaciones a un idioma inventado y comiéndome mis propios aplausos mordisqueé la manzana llena de gusanos que solo servía como postre, y el anillo egipcio que rebrillaba tras el espectáculo moría de pena ante la indiferencia colectiva. Siempre se van los mejores, el pensamiento único se queda sin mártires y el mundo se entierra en el último naufragio de la era de las ideas. No hay otras opciones, son los mismos collares contentando a los mismos perros de siempre, y a los leones que acuden al reestreno de la carne solo se les ofrecen los huesos y las fenecidas costumbres de una civilización perdida para siempre. El incensivo devenir de los acontecimientos me impulsó a levantarme y huir despavorido de los hechos y del lugar. Ahogando las alegrías en cualquier cosa que no oliese a alcohol, prendí la otra mecha y esta vez salí disparado hacia ninguna parte, donde todos los que no conozco, incluso aquellos a los que nunca soporté, me esperaban con los oídos abiertos. Qué pena que no tuviese nada que decir.

No se me da bien machihembrar polos destemplados, y la madera de la que están hechos los sueños no arde con la facilidad que debiera. Al despertar de la habitual noche intempestiva las ojeras se esconden de las cortinas que chorrean la sangre del viaje astral más inoportuno de los últimos siglos. Centurias de obligado cumplimiento cumplidas por centuriones que obligan a cumplidos nunca requeridos. Requerimientos de la justicia justificados por su propia naturaleza. Naturales e insanos, los términos empleados desemplean la terminación del trabajo natural. Trabajosos e inconcretos, los cotos de caza acotan las inconcreciones del cazador. Sin que el fin se trabe con los medios, las medias tintas finalizan las trabas del sistema. Y es normal que sistemáticamente todos nos sintamos normales. O anormalmente eidéticos en un momento en que lo accesorio es lo más asequible al bolsillo. Una pena que mis bolsillos estén llenos de agujeros.

Sufro de hemiplejia, he de confesarlo. La parte móvil que me queda la suelo emplear en contemplar desde la distancia vientos dionisíacos que anuncian un cambio que no acaba de llegar. Su principal cualidad parece ser la misma del vendaval silente que anuncia el temporal que acostumbra a preceder al sol. Tras la calma, el olor del durazno me hace levantarme y caminar, sin rumbo ni dirección, desde un retiro espiritual en absoluto eterno y completamente convincente, hacia un clima de árboles frutales y paredes artificiales contra las que apoyar mis esputos. Son muros sin embargo concomitantes, perpetuos, perpendiculares y coincidentes, nunca antes expuestos a las bondades de la masa enfurecida. El pueblo tenía la razón, se solía proclamar. Por la cuenta que le trae, ahora solo tiene lo que merece, y eso para muchos es muy poco y para otros muchos pocos es demasiado. Se entienda o no, la esbeltez en las portadas de los diarios tiene la fecha desactualizada y los colores más opacos del mundo, pero aún le funciona el pulso y le late el cerebro para intentar expulsarnos de la tierra que no hemos sido capaces de conquistar. Cerrar lo que está a medio abrir, acabar lo que nunca fue empezado, sentir lo que apenas debió salir de la piel, tocar lo que rara vez debimos sentir. Sentirnos útiles, utilizados, reciclados y reorganizados. Volver a las trincheras y revolcarnos entre la grava del destierro. Esto no hay oligarca que lo aguante ni desgraciado que lo entienda y hasta la forma de mentir se antoja pudibunda, sin el descaro que debe caracterizar a una buena coartada orquestada desde la ignorancia. Todo sigue igual y hemos de celebrarlo. Qué lástima que no haya ningún invitado.

De la gracia y el tronío a la trampa y el rencor por el atajo más corto. Desde el adentro al afuera sin solvencia ni pasaje gratuito. Este es otro torticero triunfo de la mediocridad o un acertado campo de batalla para las palabras vacías. Pasémonos la bola y adivinemos la siguiente pregunta. No hay tiempo para los ruegos ni mucho menos para las réplicas. Ya sabemos que hay que dejar hablar antes de decir lo contrario, y que en el punto medio está el miedo a puntuar. Tampoco parece que seamos capaces de superarlo, y lo mejor -eso nos dicen una y otra vez- debe estar por llegar. Una lástima que tengamos tanta prisa.

 

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