Publicado el 18 de Septiembre de 2017, Lunes Lourdes Paredes Cuellas
Cultura - Al estrépito provocado por el derrumbamiento interior sucedió una calma chicha engañosa y endemoniada. Los restos del naufragio quedaron esparcidos, o desaparecidos, o heridos de muerte y desazón. Las barcazas del corazón recogieron los restos y los devolvieron a un alma rota, resquebrajada hasta en sus pezuñas y cansada de navegar a la deriva. Como las bostas de una caballería inmunda, las brasas de la fiesta surgían inútiles, queriendo herir aún con un humo maloliente e insuficiente. Dechados de virtud. Despechados de pulcritud. Dejados de senectud. Delicados de juventud. Todos a una y una para todos. La miel en los labios y la mosca en la oreja. ¿Recordamos todo lo que debimos olvidar?
Es el día de los heterónimos. Al caballo le relincha la yegua, a la liebre el conejo y al buey la ternera. A los hombres nos barrintan los demonios y a los dioses los manejan los huracanes. En un olimpo perfecto ninguno sabría cuál es la verdad absoluta. La tendríamos que gestionar a nuestro antojo, cual mentes biempensantes que no ven más allá de sus orejas y quieren alcanzar con las manos lo que no aciertan a pisar con los pies. Para ver primero hay que mirar. Para saber antes habrá que estudiar. Para correr mejor será mucho caminar. Para escuchar… Para escuchar siempre hay tiempo, pero nunca lo encontramos. Menos fijarse en los detalles y más volver la cara al ser nombrados. ¿Repetimos todo lo que pudimos aprender?
El tiempo y sus estocásticas preguntas. Hallamos el camino, hayamos encontrado el correcto o no. Que el azar del tiempo nos lleve a la salud de mañana, con el péndulo oscilando ante nuestras narices para convertirnos en los jumentos que debimos ser hace siglos. Nada de esto quedará mañana, cuando las carcundas gentes que lleguen a nuestro paraíso impersonal sepan que un día anduvimos descalzos, tal y como vinimos al mundo. No es poro todo lo que deducen. Pasadas las noches de espera, será una condena de dulce sabor. Si quieren que les sea sincero, quítenme las esposas y sáquenme una confesión falsa. Asen mis sesos a la parrilla y cómanselos recrudecidos. ¿Reponemos todo lo que hicimos desaparecer?
Muy dentro del bosque se hace difícil respirar. Mientras las brujas pintan la noche de carmín señalan el cielo que se abre para todos los no creyentes conversos ante la repentización de unas nubes que esconden estremecimientos nunca antes experimentados. El flagelo nos corresponde a los pobres de espíritu, que no encontramos cobijo ante la sanadora tormenta que aún no ha amenazado con regresar. Con las puntas de los dedos nos rozamos, con los pies helados rezagamos el paso antes de despertar. Sabemos que están ahí porque los olemos, intuimos que se marchan de allí porque los escuchamos. Todo es mentira y nada es incierto. Almas de zozobra y desapego terrenal. ¿Recuperamos todo lo que supimos hacer?
Humedades necesarias para allanar el terreno. Cuando dormimos quemamos más neuronas que cada vez que nos decidimos a apartarnos del letargo. Salpimentando y con el bazo andando. Que tiren la mano y escondan la piedra los que se consideran hermanos nuestros sin el correspondiente certificado de adopción. Que nadie permita que salgan incólumes y sigan siendo entes errabundos y medio perdidos de alienación. A eso es lo que aspiramos y en eso es en lo que nos inspiramos. Al hilo de la historia que debemos continuar sin halo ni memoria que sepamos hilvanar, habría que decir que aún nos queda mucho por vivir. Tanto como tantos. Tantos como partos. Partos como espantos. ¿Recibimos todo lo que quisimos merecer?
No hay sinecura que no merezca el esfuerzo de la remuneración. Del prontuario nos encargamos ya, incluso antes de que nos diéramos cuenta de que no hay nada que temer y varias lunas anteriores a la muerte de las lechuzas en nuestra ventana. Un mal presagio que augura un mejor adagio. No juzga quien puede sino quien quiere, ni es elegido un jurado para evadirse a las rejas de una cárcel deseada con anterioridad. Aléjense, sicofantes y metomentodos de manual, no necesitamos vuestra torpeza para hacernos más pequeños. Basta y sobra con las sobras que bastaron para enardecer la vida que nos quema y nos escama. Es cama quemada la que nos alberga. ¿Repartimos todo lo que anduvimos ayer?
Ándense con ojo. Nadie estará a salvo de sí mismo. Y lo peor es que es imposible que nos demos cuenta de que nunca nos daremos cuenta.
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