Publicado el 16 de Noviembre de 2017, Jueves Lourdes Paredes Cuellas
Cultura - Abajo los infieles. Que no se proyecten sus gritos cainitas, destructores de banderas e identidades que no curan ni curarán jamás viejas heridas. Al bisturí de los tiempos revueltos solo se le planta cara con una operación a corazón abierto y puntos de saturación cosidos a máquina, con el factor humano bajo el fielato exclusivo de la divinidad del dinero y el cobijo de padres desolados al ver a sus hijos convertidos en nietos de repente. Avejentados sin aventajar, apaisados sin apaciguar y aprisionados sin aparentar. En las cárceles del despropósito se acumulan las voces sin alma, escritas en el desierto por el poeta que ya durmió una vez el sueño de los justos. Para gustos calores, para sustos colores. Calma chicha y nieve en los pulmones.
No desapareceremos carbonizados, pero puede que solo esparcidos en cenizas por el río que nos olió florecer. Vieron el sol, se dieron la vuelta y enfilaron el largo y tortuoso camino hacia el desconcierto. Cuando vuelvan las palabras del exilio y los ingratos despierten en sus cuevas tomaremos la penúltima pócima en la antesala del dolor, que así llamamos hace tiempo a los espasmódicos sentimientos que nos invaden cada vez que queremos matar nuestras bacterias estomacales con desvaríos y huidas hacia adelante. Huya quien tenga que huir, asienta quien deba sentir y ahuyente sus demonios quien pueda residir en ellos con la furia de un nacimiento no deseado. Volvamos la cabeza para no saludar a quienes se santiguan en nuestra presencia. De ellos será el reino de los suelos.
Registro urgente en las huras del poder. Clases medio desclasadas, faltas de estudiantes aplicados y hordas de inconscientes ciegos y serviciales. El resultado final es un empate. Quedamos en tablas, no me interesa revolver lo irreversible ni retornar a los resquicios luminosos que deja la puerta entreabierta por la que se marcharon juntos a mis espaldas. Rabiatarte y rabiar de impotencia. Maniatarte y atar la impaciencia. Pacificarte y pactar mi inconsciencia. Memorizarte y mermar tu indiferencia. Cosas que pasan y que barro desde el interior, asegurándome sin demasiada convicción que lo único que queda es el humo del incienso. Un aroma odiado y deseado a la par y a la sazón recordado con pesar. Como la boca de los muertos en el momento de la ulterior exhalación.
La grandeza del magnánimo circunda a la tibieza del pusilánime. No es algo universalmente sabido pero normalmente acordado, y de ahí surgen tantas corrientes paralelas que ni las tiaras de las princesas egipcias pudieron haber conocido nunca tanta grandeza. A los pies de la montaña llegan los peregrinos, exhaustos y famélicos, pidiendo piedad para los impíos y luz para los ciegos. Un poco de dignidad, seamos sensatos. Qué atrabiliario se antoja todo y cuántas voces disonantes en mitad de conversaciones sin sentido ni objetivo común. El mínimo común denominador del máximo común múltiplo. Dividendos divisados en divisas divididas. Dando a un dios por testigo y rogando al mazo puesto. Puesto que todo es absurdo, apuesto a que nada es real.
No le pidan al bucardo que sepa transcribir los dictados de su amo. La disgrafía no es un mal en su caso, sino una bendición que a muchos nos serviría de alivio. Basta de palabras sordas y oídos necios, a las malas caras buenos tiempos y los primeros nunca podrán ser los últimos. Revirtiendo y revistiendo conceptos, y dudando cuando y como hay que dudar, para que no nos pase por encima la sombra de un mal pensamiento. ¿Qué ruido hace un hombre que se quiebra en soledad? Probablemente en de una nula injerencia en los asuntos mundanos que a nada bueno ni malo conducen. Deducen y reducen frases reconducidas e inducidas. Confunden y difunden sentencias malvendidas y revividas. Incriminan y recriminan epitafios cohibidos y hundidos. Todo vale, nada sirve.
En la diégesis y posterior desenlace de este relato no interviene actor alguno. Solamente los que asistan a la última función podrán llegar a adivinar quién gana. En cambio todos sabrán quién pierde. Habría que recurrir a una eugenesia devastadora y radical para erradicar el desastre de toda una especie. Se empeñan en empeñar nuestro destino como si el oleaje represor no fuera ya lo bastante airado. El acíbar de la derrota, ese amargor más propio de la agonía, nos inundará el paladar hasta que nadie sea capaz de sacárselo de la lengua. Entonces, cuando las madres compartan sus placentas con las vecinas no fértiles, habrá llegado la hora de claudicar, y solo entonces, otra vez, será el momento de abrirle los ojos al primer día sin amanecer. Que la lluvia sea negra y que nos bañe hasta enterrarnos.
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