Publicado el 03 de Diciembre de 2012, Lunes Lourdes Paredes Cuellas
Opinión - En el pasado se creían que fuerzas sobrehumanas gobernaban la existencia del ser humano; pues a los griegos les obsesionaba la idea de que toda esperanza era vana, pues creían que el hombre era incapaz de eludir su suerte ya fijada. Opinaban que la suerte de cada ser humano estaba a merced de diosas caprichosas, es decir, de las Moiras, que son la personificación del destino de cada cual, de la suerte que le corresponde en este mundo.
Poco a poco se desarrolló la idea de una Moira universal que dominaba el destino de los seres humanos, pero con el tiempo se convirtieron en divinidades, y fue a partir de la epopeya homérica (La Ilíada) cuando quedaron establecidas como tres las reguladoras de nuestra vida. Eran tres hermanas, las cuales tenían una función determinada: Cloto hilaba, simbolizando el curso de nuestra existencia; Láquesis, enrollaba, transcurriendo así la vida del individuo; y cuando Átropos cortaba el hilo significaba el fin de nuestra existencia. Estas tres Hilanderas son hijas de Zeus y de Temis, y hermanas de las Horas.
Hay que decir que Cicerón llamo destino a los que los griegos llaman ‘heirmarméne’, esto es, a una serie ordenada de causas, de tal modo que una causa, al añadirse a otra que le precede, produce de por sí una consecuencia. En esto consiste, desde el principio de los tiempos, el imperecedero fluir de la verdad.
Ha de destacarse, no obstante, que la aceptación de la idea de destino no siempre obligó a los estoicos a negar expresamente toda posibilidad de libre actuación humana, y tampoco a cuestionar la responsabilidad moral del individuo que protagoniza tal actuación.
La postura adoptada por el estoicismo es opuesta a la mantenida por el epicureísmo, ya que está corriente filosófica mantiene la ausencia de determinismo en el universo, pues el destino no existe, ya que los acontecimientos dependen de los movimientos azarosos e imprevisibles. Considera que con la eliminación del destino, el hombre puede gozar de la vida, es decir, ser felices.
A la luz de las ideas cristianas, el problema del destino humano cobra perspectivas completamente nuevas. Dios crea el universo y su Providencia mira por todo. El poder del Destino, la arbitrariedad de la Fortuna son, por tanto, anulados. El hombre es algo más de lo que es por naturaleza: es también lo que Dios quiere que sea. Según San Agustín, el libre albedrío es el mayor don de Dios al hombre.
A finales del siglo XIX, surge la filosofía de Freud. Este autor en un texto llamado “El motivo de elección del cofre X” encara directamente la problemática de la muerte a través del mito de las Moiras. Tras haber narrado el mito, Freud llega a la siguiente conclusión:
“La creación de las Moiras es el resultado de una intelección que advierte al ser humano que también él es parte de la naturaleza, y por eso está sometido a la inexorable ley de la muerte. Contra este sometimiento algo tenía que rebelarse en el hombre, quién sólo a disgusto extremo renuncia a su excepcionalidad”.
Se puede decir que este tema es un verdadero interrogante, pues la respuesta de si estamos o no determinados es imprecisa y subjetiva, ya que cada ser humano puede aportar una idea distinta. Por ello, este tema plantea muchas incertidumbres en su estudio, pues se trata de una cuestión individual e íntima.
En fin, la pregunta de si está predeterminado nuestro destino, no encuentra respuestas adecuadas, sino que nos conduce a otras preguntas irrefutables, como puede ser: ¿no influyen en nuestro futuro las decisiones que tomamos en la vida? Es decir, el destino es un tema del que sólo podemos tratar mediante la formación de hipótesis, pues las afirmaciones que se hagan no pueden ser demostradas mediante la experiencia sensible, de ello que la creencia en su existencia sea individual. O como bien decía W. Shakespeare que “los hombres son dueños de sus destinos en cierto momento”; aunque deja un interrogante de la existencia de alguna fuerza sobrenatural que maneje los hilos de nuestra existencia, pues no dice que el hombre sea dueño de su destino siempre.
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