Publicado el 14 de Octubre de 2008, Martes
Opinión - En las intrigas palaciegas o en las conspiraciones más abyectas, los bufones siempre han sobrevivido. Se mata al mensajero, pero nunca al bufón, salvo que deje de hacer gracia o se pase a la política como ha llegado a pasar acá (que este bufón se ha pasado) viene a ser lo mismo. Desde el francés Triboulet (luego convertido en el Rigoletto de Verdi) hasta el Calabacillas de Velázquez, siempre los ha habido y siempre los habrá: en la literatura, en la música, en el deporte, en el arte, en la tele, en Internet….Los hay machos y hembras, que están al servicio de su dueño o dueña en política, en sociedad en empresas, asociaciones, etc. etc. El bufón nunca se extingue, por mucho que cambien su aspecto y significado.
Algunos no llevan chepa, otros los más masoquistas ya habían nacido con ella e incluso de tanto arrastrarse por la vida la han ido dimensionándola o magnificándola, buena prueba tan veraz tenemos aquí, en nuestra ciudad, que se lo digan al bufón representativo de turno del mundo del balompié Peñarrotero, este es un bufón consagrado, harto de hincar su chepa tanto de al revés como de al derecho. Y en cierto modo, ha llegado a convertirse en un héroe del desaliento, de la impotencia, del descreimiento, pero mansamente reciclado en resignación y conformismo. Igualmente este bufón gana adictos entre los abyectos de su entorno, porque sabe como poner su chepa al servicio de ellos.
Algunos de esos abyectos siguen bailando al son de la mano que le da de comer, otros aparcaron el mundo del fútbol hace años y ahora al pasar un buen puñado de tiempo vuelven, y vuelven para pasarle la manita por la chepa al bufón, estos y los otros son todos iguales. Y cuando el humor, la farsa y la excentricidad dejan de ser un revulsivo para transformarse en un fin (incluso comercial) en sí mismos, y hasta en todo un estilo social, el asunto se vuelve seriamente inquietante. Los bufones no mueren.
Tal vez los que empecemos a oler seamos nosotros.
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