Publicado el 29 de Diciembre de 2010, Miércoles
Opinión - Es curioso que un título de esta naturaleza, sea discutido por algunos ciudadanos cada vez que las fiestas se avecinan. Son personas que sienten una claustrofobia inexplicable contra estas fechas, cuando las mismas aderezadas con “El Gordo” y “El Niño”, están llenas de buenos propósitos con visitas, regalos, comidas y otros, que tratan de limar asperezas y de crear un buen ambiente entre familiares, amigos y compañeros. Cierto es, que la nostalgia por los seres queridos que ya no están es grande, pero también nos alegra la llegada de otros, sucediendo a aquellos que nos dejaron.
Distinto es, que se añoren aquellas Noches Buenas de mi niñez en las que familias y amigos se reunían fraternalmente, como ocurría en casa de mi querida e inolvidable abuela Joaquina donde junto a ella, con mis tíos y primos; mis padres mi hermana y yo, nos juntábamos horas antes de la cena del 24 hasta después de la comida del 25, disfrutando casi veinticuatro horas de un magnifico ambiente familiar que con el paso del tiempo se ha perdido prácticamente. Aunque algunos descendientes de aquella familia, arropados por la única ascendiente que nos queda, todavía seguimos la tradición y después de la cena, rememoramos el repertorio de villancicos y canciones ancestrales; sentimentales unas, cansinas otras y algunas picaronas como la del “curita”, sin olvidar “los peces en el río” y la “marimorena”. Repertorio, que hace años en “Los Corales”, junto a los hermanos Muñoz Ramírez manifestamos de manera muy agradable.
Este acervo cultural de nuestra tierra que algunos se empeñan en denostar no sabemos por qué, se está perdiendo sin que nadie se preocupe por mantenerlo. Sin embargo en otras cuestiones, como son juegos, juguetes y costumbres, se pone mucho énfasis principalmente por parte del feminismo, para que no sean sexistas hasta el extremo, de que más pronto que tarde los niños deberán orinar agachados como las niñas, porque hacerlo de pié será un signo de machismo. Lo siento: ya se que éste no era el tema, pero hay cosas que me revelan, sin poderlo remediar.
Volviendo a la Navidad. Aquellas reuniones en las que después de cenar en familia, se unían amigos y vecinos, con zambombas, panderetas, platillos, y las insufribles carracas, junto al almirez y la botella labrada eran únicas, las gentes por un día se olvidaban de las carencias que eran muchas y según recuerdo, a pesar de pasar media noche durmiendo debido a mi corta edad, las ganas de diversión aumentaban a medida que iban pasando las horas hasta hacerse de día, para iniciar el recorrido por los domicilios de cada cual, donde los dulces caseros como el rosco o el pestiño y la copa de anís o coñac para los mayores, ponía fin a una noche alegre y feliz para todos aquellos adictos a disfrutarla. Porque es verdad, que esta norma de fiesta y alegría, tenía sus excepciones, aunque me atrevo a asegurar que en un porcentaje minoritario.
Ignoro, por qué dejaron de ser populares estas costumbres, entre otras, las reuniones después llamadas guateques de amigo/as, en las que los fines de semana de Noviembre y Diciembre, nos divertíamos bailando bien al ritmo de un acordeón, bien al de un toca-discos, (Hoy sería con CDs en audio, estéreo y toda esa gama de adelantos musicales). Pero lo cierto es, que con la transición la mentalidad cambió de tal manera, que estas tradiciones de toda la vida que formaban parte de nuestra cultura, empezaron a desaparecer y en menos de una década, perdimos todo aquello que era tan nuestro, para dar paso al “botellón” y “otras” de peor catadura, heredadas no se de quien ni de donde.
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