Publicado el 15 de Febrero de 2016, Lunes Lourdes Paredes Cuellas
Cultura - Éramos insectos. Mentes abominables encajadas en cráneos de saldo. Pensábamos antes de existir y nunca decíamos si teníamos hambre o sed. Era mejor que otros hablasen en nuestro lugar y se derramasen las palabras entre la niebla de la incertidumbre. Las calles empezaban a arder en deseos de abandonarnos a una suerte negra y violenta, y a la vuelta de cualquier esquina solo nos esperaba otra más, otra vuelta de tuerca en el agujero impenetrable de la añoranza. Tiempos mejores, tiempos nuevos. La era de la nueva utopía.
Con demasiadas vindictas a medio vindicar y unas pocas armas a medio armar, tomamos el amor a medio odiar y el odio a medio amar para medrar entre el miedo a mediar. Midiendo las cosas mientras las mascullamos en silencio pensaremos de manera más justa, o eso es lo que tantas veces hemos oído decir. Como miembros del reino animal sin probóscide ni élitro, se nos concede la palabra como daga y lanza sin agujero en la punta. Si fueran agujas, sus pinchazos se nos harían abstrusos e indoloros, cual herida antojadiza que se perdiese entre las carnes del ayer. Nos hacen daño, nos difaman, nos disfrazan, nos desinforman, nos conculcan, nos desproveen y finalmente nos ensucian. Ahí es donde somos realmente felices, al margen de toda comprensión, desprolijos y rotos en apenas un par de pedazos que pueden gritar por sí mismos y volver a su composición original. Nos mintieron mil veces y los volvimos a esperar. Lástima.
Bebemos láudano para conjurar la decepción. Abocados al rincón más oscuro y silencioso, barruntamos otra excusa para justificar la inhabilidad para reinventarnos. Así somos, esto sabemos, allí estaremos, eso comeremos. Si hay alguien aún más hambriento, rogamos que le sirvan el tercer plato, uno crudo y bañado en un charco de lágrimas. Ríen al leerlo, como si ellos tampoco tuvieran la culpa de nada. Hay un niño jugando en la escalera, mírenlo con compasión y transfórmelo por un momento en la peor fiera corrupia que hayan podido imaginar. Nada tan lejos de la realidad, al fin y a la postre todos estamos hechos del mismo jaez, provenimos de lugares similares en cuanto a orgullo y prejuicios. Por su lado todos los que no piensan, por el nuestro todos los que no opinan. En el reino del no sabe, no contesta, el ciego es el tuerto que no quiere o no habla. Raramente oirán resoplidos de cansancio, vagamente harán cumplidos de desagravio, malamente serán despedidos de palacio. Allá ellos y sus malas conciencias, así como allá nosotros en la hora de nuestra muerte y el pan de cada día. Dánosle hoy, dónese mañana.
En un enésimo acto de superchería leve a la que tristemente ya estamos acostumbrados, asistiremos a la nueva ceremonia de la desolación, en la que como extraños en el paraíso ejerceremos de juguetes de la desilusión. Fríos como piedras, entonaremos el epinicio del triunfo que tanto nos debían y nunca nos pagaron al contado. Imaginaremos la distopía en la que ya llevamos tiempo inmersos y sabremos que todo, incluidos los del otro lado, está ya apostado a una sola carta de la que no hemos adivinado el color. Rojas, negras, azules, verdes, inclinadas a la voz de su amo y la invocación que todo lo puede. Sería más serio que la serie se riese de tamaño desaire. Y sería, empero, un acto de justicia universal ante las draconianas leyes que nos infectan. Reivindiquen lo que sea puramente reivindicable. Acechen tras las puertas y espíen a sus vecinos, el mundo se lo agradecerá tarde o temprano.
El mohín ahora es de asco. Por la vida que se nos escapa y que jamás se ajustará a lo vivido; por el acto de escapar en sí mismo, que no representa sino otra huida más de la que regresar lo antes posible; por el olor a victoria lejana y levantisca, a burla continua, a males menores y consecuencias mayores. Por todo lo que pudimos ser y nunca seremos y los brindis que hemos estado a punto de hacer con las personas equivocadas y por las causas erróneas, y casi al final, por el desorden y la arbitrariedad que llenan de virus el aire que respiramos, viciando cada brizna a su paso. Por eso y por todo lo que no está escrito y probablemente no lo estará, tiritemos por los siglos de los siglos. Helados de tanto esperar.
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