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Publicado el 03 de Octubre de 2008, Viernes

Opinión -

Lo queramos o no, ¡qué bonito es un entierro!, el poema sigue, con sus caballitos blancos y sus caballitos negros, con su cajita de pino y su muertecito dentro. Pero claro eso era, cuando había caballos en los entierros, y plañideras y todos se engalanaban de negro, y las lágrimas afloraban entre la resaca del velatorio, pacientemente  llevado con copas de anís para las dolientas y cazallero para los dolientes, que lo cortés no quita el aguardiente. Y como decía Jardiel Poncela, por muy mal que lo hubiese hecho en vida, todos los muertos salían a hombros.

Aquellos eran entierros, se llevaba a los niños a casas vecinas, las cuáles además de hacer de canguro, preparaban las viandas para la familia de duelo, casi siempre comenzando con ¿para qué te molestas?, si no tenemos ganitas ninguna. Para a continuación devorar el plato solapadamente. Y los conocidos pasaban y le daban besos al muerto,  y estuviese como estuviese, ¡parece que está dormido!, y el original de turno diciendo ¡siempre se van los mejores! a lo que cualquier otro siempre respondía ¡es que no somos nadie!. Y se reunía la familia, que desde la boda de Fulanita, no lo hacían, y la tía mayor que todo el mundo tiene, hasta los muy mayores, limpiándose los mocos del llanto sobre el negro hombro de la viuda le solía soltar, ¿tú te has quedado más delgada con el disgusto, verdad? y siempre se respondía, (a voces claro, porque la tía mayor siempre está un poco sorda) tranquila tía, que eso es cosa del negro, (quedando en el aire, si es por el negro del vestido, o por otra clase de negro).

En el velatorio, entre copa y copa, una escapada al patio, o para echar una meadita, (como ustedes saben, habiendo una docena de mujeres juntas, el servicio, siempre estará ocupado) o para fumarse otro cigarrillo, ya que dentro es tal el humo que tienen, que no se ve la punta para encenderlo. Aprovechando la fresca separación del barullo lloroso, siempre hay uno que comenzaba,_ Hombre, buena persona era, aunque hay que reconocer, que un poco cabroncete también. Ya verás, respondía el mejor amigo de todos, a mi me lo vas a contar, quinientos duros me debía, que los he perdido como a mi abuela. El primero siempre pelota, le acercaba otra copichuela y poniéndole el brazo en el hombro le consolaba, Tomate otra copa y así amortizas la deuda. Y siempre había el mala leche, que decía, Si yo se lo había dicho, Zutanito, que tienes muchos vicios. ¿Vicios?... y a partir de ese momento, sin pudor alguno, contaban mil y una mentiras del muertecito, que en su cajita de pino pasaba olímpicamente de ellos durmiendo la siesta.

Y  aunque el pobre se hubiese llevado cinco años enfermo en cama, la viuda al sacarlo de la casa, siempre gritaba ¡Zutanito, que pronto te has ido!, casi siempre dándose de bruces con la madera brillante.

Hoy es otra cosa, Tanatorio, Mercedes y caravana de coches hasta el cementerio, el negro justo para no desentonar (casi siempre prestado por algún vecino) y ni copa de Arruza ni narices. Sin embargo algo sigue igual, por muy puñetero que haya sido el fallecido, todo el mundo tiene que decir, lo bueno que era. diríamos, que con la absolución del cura desaparecen las putadas que hemos cometido, que digo yo que está bien que Dios nos las perdone, pero otra cosa es que por ello el lobo se convierta en cordero. Repasa uno las esquelas, lee las dedicatorias y dan ganas de hacer santos a todos los muertos. aunque a veces dan ganas de decir “joder con Fulanito, ha tenido que morirse para que alguien hablase bien de él”. Y es que lo queramos o no, la Parca, nos hace iguales a todos al final del trayecto, en lo del polvo y eso, pero eso no quiere decir que la huesuda puñetera convierta al gavilán en paloma, aunque disimuladamente queramos hacerlo creer así.

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