Publicado el 09 de Julio de 2009, Jueves
Opinión - EPOCA DE LA SIEGA Y LA ERA
El mes pasado, en una pedanía de Fuente Obejuna se hizo durante un fin de semana una demostración de algo parecido, a lo que pretendo recordar que se daba en mi niñez por estos meses, en nuestro Peñarroya de una manera muy notable, a pesar de contar tan solo con 63.1 kilómetros cuadrados de término. Hoy con las cosechadoras, estas labores tan singulares no existen y mucho me temo que terminarán olvidándose y perdiéndose, a pesar de formar parte muy importante de nuestra cultura.
LA SIEGA: En la segunda quincena de Mayo, esta noble labor se realizaba en nuestros campos comenzando por la cebada, la avena y el centeno. Después ya bien metido Junio, el trigo era “víctima” de: la hoz, la deila, los dediles, el manguito y antepecho. Para entonces, era cuando los más avispados, aprovechaban los 15 días de permiso que les daba la empresa, para sacar más dinero, puesto que el trigo se pagaba a 75 pesetas el jornal, mientras que el resto de cereales estaba a 50. Con lo cual, los pobres “mangurrinos” gentes venidas de Granada y Almería, eran los destinados a segar lo más barato, pero que ellos revalorizaban, contratando grandes extensiones, con comidas incluidas (gazpacho, morcilla, tocino), segando de sol a sol y durmiendo a veces en el suelo del “corte”, para llevarse el dinero “limpio” a su tierra ¡Pobres gentes!
No toda la cebada era para los forasteros, muchos de nuestros padres y abuelos antes de coger las “vacaciones” para “el trigo” cogían a “destajo” por una cuantía pactada, las fanegas que podían y en el tiempo libre que disponían, según en el relevo que tenían, bien de mañana o tarde, segaban con tesón una tras otra, para junto a lo que ganarían después con el trigo, fortalecer la economía familiar ¡Que generación más grande!
Esta labor dura como todas las del campo, tenía su encanto, cuando la cuadrilla dirigida por un “manijero” y dividida en grupos de tres, dos segando y un tercero, para amontonar y hacer los haces con las “brazadas” del segador las cuales, eran objeto de pugna en algunas ocasiones haber quien las hacía más grandes y compactas; con el haz pasaba igual, debía ser redondo y no culón, para que una vez bien atado con dos matas entrelazadas de la misma especie segada, no se deshiciera al pasarlo a la “gavilla” o al cargarlo en el carro de los “várales” para llevarlo a la era, donde sería apilado, hasta ser esparcido en la “parva” para la trilla. Si a todo esto, le unes la presencia de mujeres segando y espigando, junto jóvenes “aguaores”. Aquello era de película, los pobres críos, les temían más a las féminas, que a los reptiles que de vez en cuando salían de entre los pies o partidos en dos, en la cuchilla de hoz. Son imposible de narrar, las “perrerías” que algunos de aquellos chavales llegaban a sufrir, ante aquellas mujeres que con 50º de temperatura, solo se les veía los ojos, con un sombrero de paja, sobre un pañuelo que les cubría cabeza, cara y cuello, con vestidos de manga larga, con enaguas y bajo éstas, unos pantalones y unos botos hechos en El Viso, más lo íntimo. Seguro que sudarían, pero dejar ver sus encantos femeninos y ponerse morenas ¡Ni pensarlo!
Esto que como digo, tenía su parte cultural atractiva, socialmente era detestable por la manera de contratar al personal. Temprano en la plaza, se reunían los necesitados de un “jornal” que algunos no conseguían, volviendo a casa con las manos “vacías”, tras soportar la humillación de no haber sido elegidos, por el dedo del cacique. Algo que nada más pensarlo me da pena. Los “agraciados” que ya iban “pertrechados” se dirigían al “corte”, después de tomar la copa de aguardiente en Casa de Julián, invitados por el “señorito” que si quedaba contento, les prorrogaría el trabajo para días posteriores.
LA ERA: Aquí, con un trabajo más relajado por ser todos de la casa, más algún familiar o amigo que se brindaba a echar una mano, como pasaba con la máquina de limpiar la cual, hacía trabajar duro con los brazos moviendo la manivela, para que el aire de las aspas de su interior, expulsara hacia atrás la paja que no dejaban pasar unas cribas que se movían horizontalmente de atrás a delante, gracias también, a los giros de la sufrida manivela mientras, el grano caía al suelo por la parte delantera, para después ser envasado en costales de una fanega, medidos por la cuartilla, el celemín y el cuartillo. Todo esto no sería posible, si la máquina no estuviera siendo cargada constantemente por su parte superior por una persona, con una bierga de seis dientes, llena de mieses trituradas en la parva, que previamente habían sido amontonadas por un madero muy largo y ancho tirado por una mula, mientras era mantenido vertical y a ras de suelo con el peso de varias personas, hasta aproximarlo a la máquina a una orilla de la era, para que la paja separada no ocupara sitio y poder seguir con la faena.
Y vuelta a empezar, extender una nueva parva, en esta ocasión con horcas de cuatro dientes metálicas con las que coger los haces que pocos días antes, con tanto esmero habían sido atados y tratados hasta su apilamiento en la era, deshaciéndolos ahora sin miramiento alguno, para que primero las bestias pisoteándolos con sus cascos, los desguazaran bajando el volumen de lo extendido, rompiendo la caña prácticamente entera, que terminará después convertida en paja, para alimento y cama de los animales. Una vez la parva adquiera una altura normal, entra en función el trillo que es con mucho la pieza con más encanto de la era. Un carrito con tres o cuatro líneas de cuchillas circulares, que funcionan como ruedas y que poco a poco iban desgranando la espiga y triturando el resto bajo el tablero. Sobre éste una silleta relativamente cómoda, hacía que su ocupante un adulto, a veces (como atracción de feria) junto a un pequeño, vayan dando vueltas y mas vueltas gracias al tiro de dos mulas, preparando las mieses para terminar en lo que será un nuevo montón, que limpiadora podrá a buen recaudo.
Existían otras labores en la era, como limpiar con palas de madera los días de aire, garbanzos, habas, muelas, chícharos y otros, así como aquel grano que por varios motivos después de salir de la máquina se había revuelto con la paja y tierra, usando para amontonar todo ello, rastrillos lisos y de dientes, además de escobas de tamujo. Esta labor aunque parezca fácil, había que saberla hacer, no solo por ponerse a favor del viento, si no por el modo de voltear el contenido con la pala.
La era, era el lugar donde todos nos sentíamos muy a gusto, desde tomar un trago de agua fresca, bajo la sombra del chozo, hasta dormir una noche en la parva mirando las estrellas, con más miedo que vergüenza. Son experiencias imposible saber si no se viven, con toda su intensidad.
Próximas a nuestro Peñarroya, estaban: la de mi amigo el “Granjeño”; la de Mª Eugenia; la de los hermanos Fresno; la de mi vecino Luís López; la de su hermano Florentino; la de Ezequiel; la de Arenas; la de Vedrines y la más grande, que era nuestro particular campo de fútbol durante el resto del año, la de José Moya.
Y poco más, hoy creo que me puesto algo pesado, pero esta ocasión que me brinda mi amigo Nino, para expresar lo vivido hace tantos años, por estas fechas, no la voy a desaprovechar, porque posiblemente no se me presente otra igual ¡¡Gracias amigo mío!!
Juan Vázquez Hernández
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