Publicado el 07 de Diciembre de 2012, Viernes Lourdes Paredes Cuellas
Cultura -
Llego a casa. Como de costumbre, el mando del hi-fi (disculpen el anglicismo, es solo deformación profesional) es el aparato que más a mano se encuentra, imprescindible desconector de la realidad y manija para la teletransportación a otra época, otros sonidos y otras personas. Nada que me pueda recordar a la estupidez que me rodea uno y otro día, hora tras hora y palabra tras palabra. Un viaje con retorno, desgraciadamente.
Nada de televisión. Las ventajas de la desinformación son múltiples e ininteligibles para cualquier época de corrección política. ¿He escrito política? ¿Y corrección? Me prometí no empezar hablando de temas contradictorios, pero otra vez llegó el desliz. Será que hablo sin pensar o que pienso sin sentir. O ambas cosas, qué más da. A lo mejor no es muy aconsejable salir una noche tan lluviosa y fría, la resaca puede ser peor que la alcohólica. No hay nada que temer, la radio ya se encarga de que el parte meteorológico sea la noticia más interesante en el pequeño pero acogedor mundo que me cobija. Y adelanta un anticiclón al menos durante unas horas, que de todo tiene que haber en la viña del señor. Satisfecho y recién traido de vuelta a la tierra por los gritos de Ray Davies y la pasión de una audiencia mucho más inteligente que la que acabo de sufrir, cambio de fisonomía y de zapatos para darle la vuelta a la tortilla, o lo que es lo mismo, al vinilo que preside los mejores minutos del día. Momento de reencuentros y esencias que la distancia y las malas costumbres se encargan de ajar. En un imaginado plató, cuatro chicos de flequillo forzoso reivindicaban la actitud de quienes se deben solo a sí mismos y situaban la geografía londinense en el mapa de la historia de la música, en pos de la cual no duelen los kilómetros ni el dinero invertidos. Ojalá a nadie le dolieran jamás, aunque habría que preguntarle a la pulcritud andante –pura fachada, sospecho- que hace unas semanas me espetó la consabida cantinela, ante el imperativo de pasar por caja como necesario peaje para acompañar con música en directo la aburrida ingesta, de que las preferencias del vulgo más estandarizado no iban precisamente encaminadas a cierto tipo de novedades. Démosle pan y circo a quien lo pide, no a quien lo necesita. O al revés. A fin de cuentas, a ella y a quienes le acompañaban lo mismo les da, solo es un Saturday night más y hay que cumplir con las expectativas, claro. Las que ellos mismos se crearon hace siglos y que perpetuarán en los usos y maneras de sus herederos. Cabizbajo pero digno, no me queda más remedio que asentir con condescendencia y una media sonrisa de hastío. Nada que se pueda hacer, hermanos, está todo el pescado vendido y no hay posibilidad de compensación.
Tengo que cambiar de cara. Y a mí también me vendría de perlas un nuevo look exterior, el de dentro siempre ha sido bastante peculiar y espero que lo siga siendo, aunque nadie se de cuenta. Un músico -¡ah!, esos locos de pelos largos y vida bohemia e irresponsable- me decía una vez que le congratulaba el mal concepto que de él pudieran tener ciertas tribus primarias, y yo me uní a dicho parecer mientras en el horizonte sonoro no faltaban los gritos y los riffs que nos infectan el alma a diario. Ese era nuestro presente y es nuestro pasado, y que no nos lo toquen pues es lo único a lo que aferrarnos ahora que las vacas flacas pastan cerca de nuestro rancho, soplándonos la oreja con su pacífica amenaza. De eso quería hablar también, de los vientos de cambio del tío Robert allá en su atalaya de visionario, envidia de nuevas y viejas generaciones, eterno en su deambular por el lado consciente de nuestra conciencia (no, no es un pleonasmo). Tantas cosas en el tintero y yo con estos pelos como escarpias, ¿se lo pueden creer?
De esos vientos sembrados recogemos estas tempestades, las de impedir que el vecino de intenciones lícitas pase las de Caín cuando intenta escuchar el mensaje adecuado sin apenas distorsión, salido del alma sin apenas contaminación y cantado a los cuatro vientos sin apenas (auto)censura. A duras penas, cuando el cuerpo se encoge y las neuronas hacen las maletas hasta nueva orden, los ecos sonoros se perpetúan en tu cráneo y lo único que deseas es no despertar jamás al frío desengaño del nuevo día. Es otra forma de decirlo, pero los irrespetuosos, los intolerantes y los ignorantes (la madre de todos los males acecha al que se atreve a desafiarla) campan a sus anchas y nos hacen a todos un poco más necios, un poco menos creibles. No teman, procuraré no desfasar mucho al relacionarme con el género la próxima vez. Consecuencias de compartir espacio y tiempo con seres biológicamente mucho más adaptados al medio que tú, o mejor dicho, de sentirte un alienígena sin pasaporte. Y eso que siempre me gustó viajar.
¡Ah, se me olvidaba! Se supone que estoy aquí para escribir sobre música, cine y cualquier otro afluente navegable hacia el mar de un concepto tan maltratado que ya aparece irreconocible en su definición: CULTURA. Y que será un enorme placer saber que hay alguien que me entiende, por muy difícil que parezca. Al final de cada columna encontrarán las claves y la inspiración del texto al que sirven de epílogo, y les aseguro que nada justificaría más mi presencia en estas páginas que su pura y simple complicidad. Sean y lean, hermanos.
“Por más señales que haya en los caminos, por más estrellas que podamos seguir, iremos andando hacia ningún sitio, soñaremos que andamos sin movernos de aquí”
‘La vida qué mala es’, 091 (Zafiro, 1991)
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