Publicado el 25 de Febrero de 2012, Sábado
Opinión - ¿Quién no ha oído hablar en alguna que otra ocasión que “la avaricia rompe el saco”?. No nos damos cuenta, pero en muchas ocasiones –quizá en más de las que deseamos-, esta palabra nos aparece en nuestras vidas como símbolo de que la situación económica (y personal) de uno mismo puede ir extremadamente bien o mal; las ansias de acumular bienes (materiales o no) sin motivo o necesidad aparente hacen que tengamos una contradicción o disputas con esos avarici@s que no les importa pisotear a sus conocidos, amistades e incluso familiares.
La avaricia, término que indica esta contradicción, viene del término avaritiam, y éste, a su vez, del verbo latino avere, que significa “desear algo con ansia”. “Avaricia”, pues, implica padecer un afán desordenado de poseer y adquirir riquezas y/o bienes para atesorarlos; uno de los primeros personajes en padecer la avaricia fue Midas, el rey de la región de Frigia, a quien Dioniso le concedió lo que quisiera; Midas, como sabemos, fue célebre por tener la cualidad de convertir en oro todo lo que tocaba. La ambición, sin embargo, hizo que hasta el agua y su propia comida se convirtieran también en dicho metal, lo que le condujo a su desgracia.
Hay tipos y tipas que tienen unas ansias apoteósicas de poseer, de aumentar y de aunar riquezas aunque tenga que pisotear a padres y hermanos.
Cada vez hay más personas avaras, avarientas o avariciosas que actúan avariciosamente o avaramente para avariciar los bienes antes conseguidos.
A la avaricia se le considera pecado capital porque a través de la ganancia o tenencia se cometen muchos otros pecados. Se teme que a menudo se esconda como una virtud o se insinúe bajo el pretexto de ahorrar para el futuro. Cuando la avaricia se convierte en un incentivo para no justificar la conservación y retención de la riqueza, se le considera pecado grave; sin embargo, cuando denota simplemente el deseo de riqueza o placer, comúnmente no es pecado grave.
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