Publicado el 15 de Noviembre de 2013, Viernes Lourdes Paredes Cuellas
Cultura - Clases de moralidad. De espaldas a la realidad es muy
fácil inmiscuirse en el inútil parloteo en el que hasta las paredes oyen. Lo
bueno es que no escuchan. Los ojos clavados en la lengua, los tímpanos sellados
al paladar, el olfato lacrado a fuego en las manos. El guado de las palmas
contrasta con el ocre del envés de las hojas que amarramos como si nos fuera la
vida en el intento. Ya vendrá el viento y nos releerá el porvenir, y ahuyentará
a los dioses de la lluvia en una sombra perpetua, quieta y solemne, de esas que
casi no caben por la puerta y se deslizan por el ombligo con el brutal culebreo
de lo inasible. Suena raro, ¿verdad? Tal vez nadie lo entienda, ni merecerá la
pena seguir escribiendo con un prisma tan desviado de la realidad. Debí darme
cuenta antes.
Doctores tiene la iglesia, o eso dicen. Matasanos
educados en la más indigesta indigencia, con permiso de los que saben hacer
retruécanos. Especuladores de poder más o menos equidistante con comillas
abrazando cualquiera de sus palabras (yo prefiero los paréntesis). Al que
intente levantarse sin pedir permiso se le castigará sin el sonido de su propia
voz durante un segundo, aunque me temo que eso será suficiente. Nos faltan
cuerdas vocales para asirnos al destino más inmediato, pendiendo de unos cuantos
acentos circunflejos que no pueden condicionar nuestro discurso. Desanudamos
las guitas que nos suspenden del vacío, desandamos el camino que nos conduce al
abismo, precipitamos el tiempo que nos trajo hacia estos bordes afilados.
Desganados por exceso, vencidos por aburrimiento, vendados los ojos por
defecto, desencantados por hostigamiento, todo pasa y todo queda. Pero lo
nuestro es quedar, quedar haciendo caminos sin esperar nada a cambio. No somos
todos los que éramos, pero fuimos todos los que estaremos, es una verdad de
perogrullo. ¿Quién necesita jueces cuando falta el sano juicio? Los éfetas,
allá en la antigua Grecia, bramaban tranquilos sus sentencias ante el pueblo,
en la paradoja del poder bien entendido y peor ejecutado. En eso no ha cambiado
mucho la historia, atengámonos a las consecuencias. Inevitables o
desaconsejables, pero siempre viajando en el compartimento de atrás. Una vez
uno de mis fantasmas me pidió fuego y luego se sentó, sin atreverse a
preguntarme si prefería que me hablara en verso o en prosa. No esperaba otra
cosa de él, si acaso que intentara saciar su malsana curiosidad de otra forma
infrahumana cualquiera. Creo recordar que aquella noche no estaba de humor
platónico para nadie. Hoy es otra cosa. Las lumias y las musas que las
acompañan entonan salmos en mi santo nombre, tan pervertido como otro
cualquiera cuando se deja engañar. Pero de eso ya hemos hablado en otra
ocasión, de cómo las mentiras suenan más dulces en boca propia que la palabra
de honor en labios extraños. Es muy duro mantener a flote el orgullo, y no es
una cuestión personal.
En las antípodas de las palabras también parece haber
vida inteligente. Si quisiéramos descubrirla nos faltarían minutos de descuento
para gritar y salir huyendo despavoridos. Ante una falsa alarma anti incendios,
el latido del alma aglutina otras tantas voces de pánico que jamás sintieron
temor alguno. Nadando en el mar de la abundancia, abundando en el océano de la
desolación, desolando la mustia esperanza de los que duermen, durmiendo el
sueño de los justos de espacio, espaciando las líneas con las que escribimos
las reglas, reglando y regalando el futuro a diestro y siniestro. No hay
horizonte que pueda nublarse ante tanta tormenta.
Todo se precipita. Lo material e inmaterial se funden en
un traje que tendremos que corcusir entre todos. Se nos ven las costuras, y ya
no sabemos si eso nos va a llevar a buen puerto. Más nos vale que las cosas
salgan bien y que nadie se entere de nuestros próximos movimientos, las trabas
ya las pondremos nosotros y las zancadillas serán ejecutadas con los codos.
Quien tenga el mando tendrá la palabra, esta es la función a la que asistiremos
cuando no haya nadie a quien aplaudir. En el centro del escenario, un telón
raído y sordo atestiguará lo que muchos ya sabíamos: el eco del porvenir,
cansado de esperar en la platea, ha subido los peldaños que lo separaban del
grito universal y ahora canta victoria en alta fidelidad. Y el público, ausente
y mudo, ovaciona a los ganadores. Salgamos por la puerta de atrás, con
discreción, sin ver ni ser vistos, como mandan los cánones.
Disco del mes: Los Brincos – Contrabando
“Mi supuesta amistad ha perdido valor en tu bolsa, tuvo
de eternidad lo que dura la vida en las moscas”
‘Clínicamente
muertos’, Love of Lesbian (Music Bus/Warner Music Spain, 2012)
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