Publicado el 15 de Julio de 2014, Martes Lourdes Paredes Cuellas
Opinión - Ya hemos visto en entregas anteriores como el ser humano tolera o repudia la violencia. Pero no hemos reparado todavía en como la ejerce. Puede ser ejercida de modo individual o de modo colectivo. Puede ser dirigida de un individuo a otro, del individuo hacia si mismo, de un individuo hacia el colectivo o de colectivo a colectivo. Podemos poner infinidad de ejemplos y, a su vez, encuadrar los casos de violencia colectiva o individual en tolerada o repudiada, física o psicológica. Así pues vayamos a lo práctico. El estado es una institución colectiva, ya que es el conjunto de instituciones de las que se dota una sociedad para regir la vida del colectivo. Pero nuestro Estado es uno que, cada día más, mira por un colectivo y ejerce la violencia sobre el otro. Algo tan simple como que los poseedores se valen del Estado para que deje de mediar y se incline a su favor, lo que supone que al final, ante el descontento de los desposeídos (generalmente los que tienen un salario para poder cubrir sus necesidades) se emplee la violencia. Claro que esa violencia puede ser de guante blanco, por ahora el método preferido, lo que se traduce en hacer leyes claramente injustas para la mayoría de la población. Tenemos un ejemplo clarísimo de violencia de guante blanco en nuestra Constitución. Como lo oyen, al fin y al cabo, aunque en apariencia parezca algo inocente e incluso bien intencionado, hace unos añitos, en 2011, se reformó el artículo 135 de la carta magna. Se preguntarán ¿De qué nos está hablando el tío este? ¿Ahora nos sale con leyes? ¿De qué va este fulano? Voy de que, so pretexto de mantener la confianza en los mercados financieros para que nos siguieran prestando dinero y así "salvar" al estado del bienestar (sanidad, educación, pensiones, dependencia) ahora en nuestra Constitución (la ley de leyes) se nos dice que sobre cualquier otra partida presupuestaria, sobre cualquier necesidad de la administración (sanidad, educación, pensiones, dependencia, obras públicas…) se han de pagar los vencimientos de la deuda. Sí, nada importa más a España que pagar la deuda, si los españoles tienen que vivir del aire da lo mismo. Eso sí, que esos mismos españoles paguen sus impuestos para pagar la deuda sin recibir
nada a cambio, salvo: más impuestos para pagar la deuda que aumenta. Pero, si no pagas, ya eres un defraudador fiscal, pero claro, si tienes una nómina es difícil defraudar a Hacienda, te tienen bien controlado, atrévete a intentarlo y verás lo que pasa. Multa al canto y con un buen multazo fiscal a ver como llegas a fin de mes. Es decir, es como si el Estado, esas mismas instituciones que son tan tuyas -en principio- como del más rico, te ponen la navaja en el pescuezo para que pagues. De otra cosa puedes estar seguro, pagar pagarás tú, el rico no. ¿Cómo? Como que tú no tienes la capacidad financiera adecuada para evadir capitales, como que tú no tienes la posibilidad de escurrir el bulto. Así de simple. Aquí tenemos un ejemplo de violencia de un colectivo (los ricos) contra otro (el resto). Es más, como buena parte de la deuda pública está originada por los rescates financieros, la violencia es doble, puesto que primero te han robado los bancos con hipotecas abusivas y participaciones preferentes y ahora, tengas o no hipoteca, hayas o no comprado preferentes, vas a pagar de tus impuestos el agujero que los reyes de las finanzas han causado o si no serás multado e irás a la cárcel, en suma, violencia colectiva, ricos contra pobres y, para más remate, con amparo legal para los primeros. ¿Ven? La violencia se puede ejercer legalmente y de modo colectivo, a un colectivo de resulta tolerada y al otro (mayoritario) repudiada.
También se pude ejercer desde un colectivo a un individuo concreto. Pongamos que tenemos 14 o 15 años. Pongamos que hay un grupo de matones de instituto dando vueltas buscando víctima. La encuentran, está aislado, la víctima perfecta. Al principio comienzan con burlas, buscan cualquier defecto punible socialmente, por aspecto o conducta. Tiempo después pasan a los insultos y vejaciones y, más adelante, si no se les para a tiempo, llegan a la violencia física, a lo evidente. Los agresores usan la violencia como medio de cohesión social, para formar una identidad de grupo que bien podrían haberla logrado haciendo cualquier otra actividad colectiva, pero es que Antonios y grupitos como el suyo del artículo anterior, los hay, y cada día va a más. Los resultados: impunidad para los agresores y una vida marcada para los restos -o casi- para los agredidos. Este tipo de violencia no está tolerada socialmente, pero de nuevo caemos en un limbo social de pasividad. Cosas de críos, dicen.
También hay casos de violencia de un individuo contra el colectivo, pero son más complicados porque el agresor parte en desventaja, es decir, el uso de la violencia para conseguir sus fines se puede volver contra él o ella por pura cuestión de número, es decir, por inferioridad numérica. Pero se dan casos igualmente. Pongamos que estamos viviendo en un bloque de pisos y hay un vecino que, por chulería (los casos de necesidad no cuentan) se niega a pagar la comunidad, es decir, impone su voluntad de no pagar a la fuerza, mediante una actitud pasiva al principio (simplemente no paga y punto, además de no asistir a las reuniones de la comunidad) y más adelante, en las reuniones -cuando finalmente asiste-, a base de una actitud más agresiva, mediante la palabra al principio o, inclusive, mediante la fuerza. Al final este tipo de individuos suele salir mal parado, porque cuando al colectivo le tocan el bolsillo se suele acabar con la justicia de por medio y una cosa si que parece sagrada en nuestro ordenamiento legal: la propiedad. Lo dicho, ser un lobo solitario suele acabar mal para el lobo.
Finalmente se puede ejercer la violencia contra uno mismo, sea de manera física o psicológica. Normalmente se comienza por lo primero: baja autoestima, pensamientos negativos que pasan a ser autodestructivos… al final, poco a poco, la vida se va transformando en un infierno, se van perdiendo las ganas de vivir, el individuo se sume en un pozo de oscuridad y desesperación, con lo que se le pasa por la cabeza suicidarse. Hay casos en los que el individuo arremete contra si mismo sólo para llamar a atención, para abrir una puerta de su infierno por la que poder salir intentando llamar la atención del prójimo, pero hay otros casos donde la puerta está cerrada a cal y canto y, entonces, el individuo decide poner fin a su vida. El suicidio ha estado socialmente mal visto, era una forma de violencia repudiada, pero hoy día, en determinados casos (enfermedades terminales sin cura) tiende a ser tolerada. Colectiva o individualmente la violencia es algo muy humano. De humanos y violencia seguiremos hablando en la próxima entrega.
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