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Cultura
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POR J.J.CABALLERO
DESDE EL JERGÓN
Publicado el 17 de Febrero de 2020, Lunes

Lourdes Paredes Cuellas

Cultura -

En caso de urgencia salvaguardar la patria por encima de todo. Si son otros los que aseguran que saltarán del barco en último lugar, déjenlos divagar mientras contemplan pintureros cómo todo se hunde sin remisión. Enarbolan banderas y escupen odio, miran por encima del codo y hacen cortes de mangas con el hombro mientras repudian y repelen cualquier ataque lateral. No conocen la desafección más allá de sus orificios nasales. Por eso, en caso de urgencia lastrar el camino y ladrar al destino. Es inútil sobrevivirles, puesto que sus generaciones los llorarán y vengarán con mayor encono, aún mejor que el orgullo inducido por la sangre de sus encías. Porque estos depredadores se muerden los dientes, sí, y se sienten mastodónticos dioses en un mundo desgobernado por sus líderes. Criaturas devoradas por la ignorancia y el olvido.

Sigamos el más inolvidable de los apriorismos: Enfrentarnos a nosotros mismos para buscar la verdad que no encontramos en el otro. Sin ese trasunto, con ese presunto, junto a aquel conjunto -vacío, como todos los demás- solo es posible divagar sin llegar a conclusión ni relación plausible alguna. Y ya puestos a ponerse paripatéticos, para patetismo el del hombre sin agujero al que regresar. Aquel que tire la primera piedra será el que cometa el último pecado, y el lugar al que querrás volver será ese en el que nunca fuiste feliz. Por seguir la costumbre y autoengañarnos una y otra vez, que la única pega es que pegamos a los únicos que no engañan. Y lo peor no es eso, sino que hay otro destino para los golpes no recibidos y los nudos cosidos a la garganta. ¿Dónde están los gemidos atrapados en la mente? Facturas devueltas por el banco del quiero y no puedo.

No se debe tundir lo que no se debe hundir. En todo caso fundir lo que una vez se hubo de fingir. Ahormar el círculo para cuadrar la horma, ahí es nada. Misión imposible, dirían algunos; micción invisible, pensarían otros; al fin y a la postre lo que cuenta es el ánimo feraz y dispuesto a romper el hielo del volcán que nadie es capaz de ver. Al anzuelo se debe llegar desahogado y bien alimentado, para poder hacer palanca con el parco alimento que se nos ofrece en la boca del vecino de enfrente. Beberemos todos de él, comerán todos del mismo maná engañoso y terroríficamente adictivo, sanarán nuestros hijos con el engaño de tantas y tantas generaciones. No hay retorno a la conciencia cuando el desvarío hace confundir al amor con la tempestad. Somos homínidos trascordados en una masa demente que aún no sabe que lo es, trastornados ante una mesa indecente que todavía no quiere que lo sepan, transformados en una misa indigente que después no tendrá que serlo más. Comamos el lardo y evitemos el magro, no hay kilos de más que puedan detener nuestras ansias. Torturas perpetuas en el palo de la plaza.

Artísticamente hablando, el frontispicio que se ve desde mi jergón no es amarillento, ni siquiera acusa los efectos letales a largo plazo de la lluvia caprichosa ni del anárquico viento, a veces tan cruel. No sé si es una casa, un edificio residencial o acaso una hospedería, ni si la acidia con la que se trata habitualmente al transeúnte obedece a algún extraño y desconocido ritual de descortesía. Cortésmente falsos, continuamente falsarios, despreocupadamente fofos. Así se pasan los días y transcurren las noches, lentas como sombras sobre las piedras de la fachada, arrastrándose por sendas ocultas y repletas de fantasmas de otro tiempo. Qué demonios, de este mismo tiempo. Tempus fugit. Es el método o el sometido. Estajanovistas fuimos, animistas seremos. Somos lo que sembramos. Sembramos lo que recogemos. Recogemos lo que merecemos. Merecemos lo que prometemos. Prometemos no ser sembrados más, ni recoger algo que merecimos perder por nuestras falsas promesas. Nos damos cuenta de que ahora nos estamos culpando por algo que no hemos hecho, ni siquiera intentado. Posturas fallidas para penetrar en la línea enemiga.

Entropías vengan y demuestren que hay otras magnitudes. Distopías emergan y aseguren que existen muchas más latitudes. Filantropías surjan y aseveren que son otras las virtudes. Con todo esto y mucho menos se construyeron varios imperios. Nadie hasta ahora ha desmentido ni confirmado que fueran importantes. Solo el ruido, poderoso y mudo como una estatua, es testigo de que en el fondo todos somos regidos por el único principio universal conocido. Con perdón, nada es lo que parece.

 

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