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Cultura
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POR J.J.CABALLERO
DESDE EL JERGÓN
Publicado el 16 de Septiembre de 2016, Viernes

Lourdes Paredes Cuellas

Cultura -

En las jergas desconocidas siempre suele haber una frase, incluso un sintagma, que mantiene rasgos de comprensión para cualquier lego en la materia. Sin embargo, las bases que impulsan ciertos discursos, aun siendo argumentados en lenguas de uso común, conllevan una carga inconmensurable de odio, desprecio y deslealtad para incluso quienes comparten reglas ortográficas, semánticas y sintácticas. El cuadro social pinta bien, casi rozando la perfección y la completa hermandad, pero son justamente las palabras, escritas y pronunciadas en voz baja, las que destruyen el primer asomo de unidad. Nada que sorprenda a estas alturas, ¿verdad?

Ponernos filosóficos y emular a quien quiere y no puede es un mal ancestral que nos aturde con licores de derrota y apisona nuestros ideales. Lo mejor es despertar para siempre y proclamar la libertad absoluta, un nuevo capítulo en el particular camino de baldosas amarillas, en nuestro caso punteadas de gris. Para no desviarnos ni derivarnos hemos de encontrarnos y enconarnos. Si queremos hollar el sendero deberemos hallarlo primero. Con la ambición se llega a la anticipación. Y otros consejos sin sentido ni destinatario, para ir descartando la sana costumbre de hablar sin ser escuchado. O de oir sin ser visto, que cuando los sentidos se aturden no hay enemigo viable ni alma que deje de penar. Así somos pergeñados ante los ojos del prójimo. Puede parecer un discurso, incluso un sermón, pero no es sino un vocerío absurdo, como el de un motor que ronronea sin llegar a arrancar o un desierto en mitad del océano. Detalles sin importancia.

La gleba bulle de caricatos dispuestos a amenizar el sueño de la comunidad, para que cuando despierte no dé por perdida otra noche más. El problema es que la plaza está llena de octópodos dañinos, chupasangres con garras humanas y pieles pálidas que moran en el manglar de las humedades nocturnas, libando líquidos benignos para retroalimentarse a un ritmo desacompasado. Todo esto sería digno de ver y de escuchar si no fuésemos nosotros mismos los protagonistas del teatro, enfrente y debajo de la platea, contemplando una actuación mil veces ensayada y nunca ejecutada con la precisión suficiente. Se nota que los ensayos no surten efectos cuando lo que hay detrás es un guión preestablecido, que de tanto escribirse se repite y se declama sin alma, sin pasión, sin argumento. Han sido tantas funciones que ni las defunciones funcionan a la mitad de rendimiento. Los protagonistas se convierten en secundarios y la interacción con el público se deroga hasta una nimia declamación que no conduce a nada. Justo como cuando intentamos conversar con el pánico. Estragados de tanto tragar, enriscados de tanto riscar, columbrados de tanto alumbrar, avisamos de que llegamos pero no acabamos nunca de llegar. Espérennos en el arcén, encuéntrennos en el andén, enmiéndennos en el sostén. Será mucho más divertido ahogar las penas con otras penas, las de un asunto efímero que adorne la genitalidad que no usamos para otra cosa que para definirnos. Hay otros mundos pero no hay otros ojos en las aguas azules donde naugragamos remando contra el polvo. Quien haya tenido oídos alguna vez e incluso ojos que se contraigan de emoción sabrá de qué demonios estamos hablando.

Más jeroglíficos. Entre los fámulos y los équites existe otra clase pudiente, no tan vengativa pero igual de bien armada, que carga sobre sus espaldas el peso de varias centurias de perdón no concedido y palabras amasadas a hierro entre las encías, y está ansiosa por desbocar sus vestiduras para montar una buena gresca. Solo faltaría avisar al pelafustán más próximo y unirlo al nuevo sinsentido. Al davalar que nos aguarde le sumaremos una nueva dosis de coraje y un rumbo incierto y esperanzador. Al bozo que apenas apunta el nacimiento de las bocas incipientes no habrá beso que se le resista, y a las curadurías conseguidas a fuerza de insistir en los propios errores solo habrá que ponerles un nuevo nombre de batalla, fresco y exagerado, como el grito del bebé que despierta a un mundo desconocido y cruel. Como agujas clavadas en la barbilla, romperemos el silencio en silencio y alzaremos la frente enfrente de todos los que nos hicieron inclinarla. Sumisas en su misa de peticiones imposibles. Partos en parte abortados. Todo eso y mucho más. A la próxima será la venida. Los vencidos seguirán siendo los vencedores. Los que muerden, los que destruyen, los que arrasan las tablas y hacen tabla rasa de sus conciencias. Pura carne de cañón.


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