Publicado el 16 de Septiembre de 2016, Viernes Lourdes Paredes Cuellas
Opinión - Si un filósofo neopositivista observa que todos los días, como un hecho particular, llega la noche, llegará un momento en que afirme de manera general, en forma de ley científica que todos los días oscurece y cae la noche inexorablemente. A la mayoría de nosotros nos parecería adecuado este método infalible. Todos los días comprobamos que en el mundo hay más pobreza, que la vida de los refugiados empeora, que la riqueza se acumula en manos de unos pocos, que la estupidez de los medios invade nuestra intimidad y concluimos que el mundo es injusto.
Sin embargo, fue Bertrand Russell, con su peculiar sentido del humor, el que quizás haya ilustrado de la manera más acertada el problema que plantea la inducción. Lo ilustró con el ejemplo del Pavo. Imaginad un pavo al que el granjero da de comer todos los días. El pavo no se fía, no quiere precipitarse, pero con su mente inductivista, en vista de la regularidad de los fenómenos, deduce que cada vez que aparece el granjero llega su ración. Incluso se pavonea en día de acción de gracias, cuando el generoso y fiel granjero le retorcerá el pescuezo y hará pavo al horno para toda la familia.
Este ejemplo puede valer para intentar al menos un cambio. En un sistema que nos aísla, nos individualiza y nos hace creer que el mundo no puede cambiar, pueden plantearse alternativas al mismo. Daría igual que se tachara de utópico esta alternativa. Mantener los mismos valores de este capitalismo de última generación es convertirnos en el Pavo del que habla Russell. Hay que intentar pensar de otro modo, relacionarse bajo otros valores más solidarios y justos. Es necesario luchar para que en la noche salga de repente el sol o acabaremos todos con el pescuezo roto, embadurnados de especias para contribuir a la gula de unos pocos y sus familias.
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