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Cultura
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POR J.J. CABALLERO
DESDE EL JERGÓN
Publicado el 15 de Diciembre de 2015, Martes

Lourdes Paredes Cuellas

Cultura -

Se dispersan los restos de la batalla. Después de avistar un nuevo enemigo, las armas se deprimen y dibujan la peor de sus sonrisas al retirarse a sus aposentos. Puede que esta sea la última vez que bailan la danza del fuego fatuo y muestran algo de humanidad en la cintura de sus portadores. Constaba que hablaban entre ellas, se silenciaban los secretos por los que matan los hombres y a veces hasta procuraban ser discretas en el fragor de las explosiones. Sin conseguirlo, su displicencia habitual las convertía en seres animados, ínclitos animadores de encuentros entre desalmados, donde el odio prima por su desmesura y la brutalidad enarbola la bandera de la venganza. ¿Hasta dónde hemos de llegar para que bajemos los brazos y nos entreguemos definitivamente?

Nada de lloros. En lugar de atacar, atascar. En vez de abominar, aluminar. Donde antes alunizamos, ahora alucinamos. En cuanto a los vastos dominios del señor, los bastos alivios de la carne. La pureza está en la contradicción y la dureza reside en la contaminación. Incomunicados y perjudicados desfilamos, inexplorados y prejuiciados yacemos. Otra dosis de incomprensión, por favor. Níveos los vasos sanguíneos, padecemos la enfermedad de la resiliencia como resistencia a la vaguedad. En esta ocasión no voy a hacer leña del árbol dormido, solo intentaré calentar mi humilde morada con la cochambre de la cosecha anterior. Hay frutos somnolientos que esperan al sol reparador y al agua insurrecta, maizales de viento erguidos ante el fragor de la intemperie, bulbos como bultos imberbes, tubérculos desmayados de raíces y también arbustos doblegados pero no rendidos. La viva imagen de la identificación.

Hace frío ahí afuera. He de recoger la casa de piedra y atracar en otro puerto algo más benigno. Habrá que intentar que el huracán esta vez nos pille confesados y libres de polvo y paja. Rotos los pecados, solo falta recomponer los pedazos del cuerpo del pecador y cometer con él el mismo delito que él habrá de seguir cometiendo, brindando por la grisura de los días y al albur de las noches oscuras, como el canto de una sirena coja. Ahí está el sesgo, el corte limpio e indoloro que solemos sentir a la vuelta de tanto término vacío y tanto acto sin sentido. Consentidos los sentidos, aplazados los plazos, apalabradas las palabras, comedidas las comedias, sedadas las sedas, manoseadas las manos, resabiados los sabios, malcaradas las caras y enfangados los fangos. Hay más participios, pero los nombres no quieren participar de ellos. Acabaron tan acabados como nosotros. Como yo mismo. Sucumbir al yugo de estar vivos y ver la muerte tan cerca como la propia vida y tan viva como los propios muertos. Sigan la cadena, la maquinaria debe estar bien engrasada en todo momento.

Cielos cárdenos y amenazantes cual espadas erguidas acompañan la venida de otra tormenta. La estación de las lluvias ya cesó y dejó paso al hueco curvilíneo de la desconfianza, del apoyar el final de cada sílaba en el comienzo de la siguiente pronunciada por alquien que nunca es uno mismo. Somos seres laxos, intangibles al azar de los tiempos e inasequibles al aliento que nos mantendría unidos. Para articular sonido alguno es necesario pulsar un resorte oculto bajo capas de tierra y mantos de ropas antiguas, apenas planchadas sobre estufas metálicas llenas de madera de roble y humareda tóxica, accesible solo para quienes dan acceso a lo eterno, a lo inmaterial, a lo etéreo, a lo antinatural. Es eso a lo que siempre hemos aspirado, es en el albur de lo inesperado donde confiamos nuestra condición de redivivos. No resucitados, sino reflejados en el estanque helado. No reanimados, sino recogidos en el folio cortado. No recauchutados, sino reformados en el espejo curvado. Isótopos malditos, volved a igualar nuestra fisonomía de seres químicamente puros.

La era del munícipe inmoral ha terminado. La unión hará la puerta. La salida está al fondo a la derecha, pasando el escaparate lleno de maniquíes descabezados. Les pongan las prendas que les pongan, quedarán las prebendas al descubierto y al final del día más largo del año reclamarán que tienen nombre, entidad e identidad, y que el único objetivo común es el de reivindicarlo por encima de todo y de todos. A ello nos pondremos otro día. Hoy ya se ha puesto el sol y han desmantelado el puesto de guardia. Solemos retirarnos a tiempo en señal de victoria, y no es de fuerza mayor desaprovechar otra ocasión de hacer lo mismo.

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