Publicado el 16 de Septiembre de 2014, Martes Lourdes Paredes Cuellas
Cultura - Donde quedó el brillo de la
conciencia. Ahí, en ese punto oscuro del camino, en el recodo mínimo en el que
acuñamos nuestros nombres y apellidos como señal de hipotética prosperidad, nos
atrapó el brío de la incontinencia y devolvimos las deudas pagadas a contramano.
El mendigo de la esquina, antaño ataviado con traje y neceser de ladrón, solo
musita palabras de alabanza hacia quienes lo conminaron a desintegrarse entre
la maleza de la intemperie. Ahora resquebrajamos la propia templanza para
atisbar algo más allá, hacia el imperioso cirro del atardecer futuro, donde
bancos abiertos de por vida nos aguardan para reclamarnos lo que nunca fue
nuestro y fue empeñado sin consentimiento alguno. Convidados de piedra.
Invitados a la despedida de un mundo despiadado. Maniatados y libres a la vez.
Mencionados en comentarios de extraños incapaces de expresarse con coherencia.
Olvidados por la fecha que nos alumbró en el calendario. Seriados, anestesiados
y mal acompañados.
Antes de enviar el postrer
imprimátur, debe permitirse una penúltima queja. No estamos solos en esta
diáspora brutal. Empezamos a pergeñar las líneas del testamento en vida y a
solucionar los problemas derivados de las malas gestiones de todo testaferro. A
quién dedicar la nueva alegoría es el menor de ellos, como puede serlo el
pulsar las teclas mayúsculas dirigidas a alguien que no existe ni jamás
existirá. El legado de quien nunca acaparó más que sus propias palabras no
debería mostrar síntomas de arrepentimiento en manos algunas, ni aunque se apropiaran
de un sentimiento que no les pertenece. Métanse en sus propios asuntos, dirijan
sus repugnantes negocios y no piensen por quien no les corresponde. Les ayudaré
desde el altavoz que me proporciona el eco de predicador en el desierto. Tomen
las debidas precauciones, afinen los tímpanos y echen mano del dictáfono en
caso de que su réplica pretenda ser escuchada. No lo repetiré una vez. Ni
varias. El esfuerzo no se paga con su desprecio, sino con venganza.
Lejos del transcurrir de los
siglos, el hombre postmoderno encontró otras vías de adaptación al medio, y
ninguna de ellas pasaba por la escucha de murmuraciones ni otras formas de
extravío. Sería paradójico, en todo caso. Y enfermizo a partes iguales. Cada
uno en su lugar, que cada cual sea cada tal para cual y cualesquiera que sean
sus males, tengan tales remedios. A menos que sepan reparar sus errores y
subsanar sus culpas, no pisen el pie que camina a su mismo paso por si tienen
que seguirlo algún día. No se muestren ignavos o la apisonadora les pasará por
encima en su inmaculado poder de extinción por los siglos de los siglos. Los
dinosaurios de nuestro tiempo no son tan fuertes. Entran ganas de cogerlos y
darles su merecido, sin esperar la sentencia ni el prisma revelador que
pretende poner las cosas en el sitio que no les corresponde. Estupideces de un
tiempo estúpido. Gente abollada y luces en la ciudad. Males que no son iguales
para todos. Contradicciones subterráneas conectadas en el mismo centro de la
contradicción. Sabiduría y miedo.
Dicen que desde el jergón
solo se pueden escuchar canciones tristes y lamentos inconsistentes, y puede
que tengan razón. La tristeza todo lo puede, es eso y nada más. Pero no es gris
todo lo azul, ni negro todo lo que reluce, y también existen apliques que
pueden iluminar las paredes con bombillas de bajo consumo. Con la
delicuescencia habitual y creando el perfecto ambiente para leer las líneas
ocultas a las que debería prohibirse el acceso sin derecho a revoque. No podría
utilizar ciertas intenciones en otro sentido que no fuera el de no pensar más
de un segundo en la misma cosa. Eso también lo dicen, que aquí casi no vive el
sol, que no hay ventanas y que las cortinas son aún más oscuras que el
interior. La realidad te salpica, deletérea y cruel. Dejémoslo todo como está.
Es una cuestión de genes. No
hay canas suficientes ni bolsas en los ojos del peso necesario para epatar con
milongas que no vienen a cuento. Las medidas tampoco son las correctas. Más
largo que ancho, acceso no permitido. Más ancho que largo, proceso completado. El
carácter atrabiliario, gentil cuando procede, se torna más a mano en cuanto
llega la hora del final. Los brazos del reloj de sol se abren acogedores y la
merienda de negros como último plato parecen ser el objetivo marcado desde la
mesa del desayuno. Todo lo que incluye este florilegio anárquico y de diversas
procedencias empieza a mostrar consistencia, cayendo en la tentación de lo
mundano y pasajero, adquiriendo rasgos de temeridad, sabiendo menos cada vez y
por lo tanto formando parte de la mayoría que grita de puertas para adentro.
Este es el gran triunfo, el de la lucidez que nos transforma, nos hace más
fuertes y se acuesta con nosotros con la esperanza de que, al amanecer, su
cuerpo y su mente estén por fin satisfechas. Al infierno con nuestra propia
autoestima.
Disco del mes: Leonard Cohen – New skin for the old
ceremony
“Que el infierno me
espere largos años y la muerte me perdone por mi ausencia”
‘Canción obscena’,
Ilegales (Hispavox, 1990)
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