Publicado el 16 de Marzo de 2019, Sábado Lourdes Paredes Cuellas
Opinión - Había una vez un señor que, tras la Primera Guerra Mundial, hace ya cien añitos de aquello, quedó tan desilusionado que cogió papel, lápiz y la experiencia de más de media vida y se puso a escribir. Era un judío austriaco, un judío que sólo lo era de bautismo, no practicante en absoluto y que resultó ser una de las mentes más brillantes el siglo XX: Sigmund Freud.
Aquel buen señor nos dejó constancia en su obra "La Psicología de las masas" de unos cuantos buenos datos de lo que puede pasar cuando surge un líder, de los cuales hay unos cuantos tipos peligrosos, entre ellos el salvapatrias o los líderes sectarios.
El buen austriaco lo que nos viene a decir es que en las masas el individuo abandona una parte de su voluntad e identidad para incorporarse a la masa, pero la masa tiene unos poquitos defectos: es infantil (más emocional que racional), manipulable, irresponsable y además coactiva entre sus miembros y hacia otras masas.
Peor aún, hay dos tipos de grupos de masas, las circunstanciales y las permanentes. Las primeras son como tormentas de primavera: cae el chaparrón y no duran, después de un breve apogeo el individuo recupera su responsabilidad individual y su personalidad completa. Después están las masas duraderas, colectivos organizados, a veces necesarios para el funcionamiento de la sociedad, otras veces pueden ser un peligro: a su frente suele haber líderes carismáticos, en el caso de la política podemos tener a un Roosevelt, un De Gaulle o a un Allende pero podemos tener todo lo contrario: dictadores en potencia o ya consagrados.
Los unos y los otros, los líderes positivos y los dictadores, aparecen siempre al mismo tiempo: períodos de inestabilidad en el que el individuo se siente perdido y desamparado y anhela una figura paternal que le saque de su situación y le dé un futuro, una esperanza y una estabilidad. La línea de separación entre un líder democrático y un dictador es delgada: va en las circunstancias en las que se desenvuelve la sociedad del momento y en los valores y creencias de la misma, en suma, en lo que las masas vean la mejor alternativa por su cultura, tradición y pasado.
Lo que me asusta hoy día es que en España lo que suele gustar, lo que emociona, es el salvapatrias: figura tirando a mesiánica, que representa una autoridad fuerte, cuya base es la intolerancia y la demagogia, vamos, si no es un dictador, le falta lo justo. Problema: los poderes económicos facticos conocen las debilidades del españolito medio y pueden, en un momento dado, intentar poner a un líder mesiánico en el poder bajo el supuesto de que "es un hombre de paja" o "un tigre de papel" para seguir mandado ellos, el problema con esta clase de individuos y sus seguidores es que "les pueden salir rana" y que el poder se les suba a la cabeza y entonces tenemos un totalitarismo a las puertas.
Así que queridos paisanos, si el día 28 de abril vais a votar, cuidadito con lo que metéis en la papeleta, que si de algo estoy convencido no es de la intención del voto, si no de que la gente se siente perdida, jodida y desamparada.
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