Publicado el 15 de Octubre de 2016, Sábado Lourdes Paredes Cuellas
Opinión - De todos es conocido el libro de Thoreau sobre la desobediencia civil. Fue una especie de manual para personalidades tan dispares como Gandhi o Martin Luther King. Pero también para anarquistas como la audaz Emma Goldman, o para filósofos como Martin Buber. ¿Y por qué no puede servirnos ahora en estos tiempos que nos ha tocado vivir? Es imposible detenernos en la obra, pero recordamos dos posiciones clásicas de su escrito.
Primera, la no cooperación dentro de la legalidad contra el Estado. Y, la segunda, obviamente, la desobediencia civil, el no acatamiento de aquellas leyes consideradas contrarias a la justicia. Propongo aquí al lector que elabore una lista de todas aquellas actuaciones que merecen una u otra posición defendida por Thoreau. En un solo folio, para que la lista no sea infinita.
Piensen que fue en 1846 cuando se escribió la obra. Han pasado ya 170 años, pero hay obras e ideas que no pueden desaparecer. Su olvido supone renunciar a la acción directa, obliterar las libertades ciudadanas, tanto de conciencia como de expresión. Puede que para muchos la desobediencia civil sea una alternativa demasiado radical. Y admito incluso que su ejecución no está exenta de controversia. Pero hoy, como ciudadano, no entiendo esta indiferencia ante los fundamentalismos políticos (¿o no es un fundamentalismo político la decisión irrevocable de Europa para admitir el neoliberalismo a pie juntillas de Merkel y su mamporrero nacional, el tal Rajoy?), que a través de acciones ilegales (¿qué significa, no en vano, la corrupción de los partidos políticos?) impone la precariedad, el miedo, el asco interesado hacia la política institucional (que no nos engañen, detrás de la crisis del PSOE está la oligarquía de este partido por ayudar a sus pagadores del IBEX). Yo abogo por Thoreau. Aunque sea mediante acciones ilegales voluntarias, algo hay que hacer. Y esto nada tiene que ver con la abstención política, por cierto.
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