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CIEN AÑOS PARA PEDIR PERDÓN

Me consuela saber que desde dónde estés seguro que estarás feliz y en paz. Casi año y medio desde su partida y dejándome ese vacío de que ya no podrá verme conseguir todos los sueños y objetivos que me queden por cumplir. Sé que me estará viendo desde ese cielo que se tiñe de mar y de arena para poder seguir viéndola desde esa perspectiva que nuestros seres queridos nos dan cuando pone fin a sus vidas.

No se me ocurre que escribirte querida mamá que intento ser mejor persona todos los días, con mis errores y mis aciertos, pero jamás se me olvidará la etapa en el cuál no me comporté como debía, sería la edad y el trasfondo de la enfermedad mental de la anorexia nerviosa que sufrí siendo un adolescente.

Avanzar, progresar y formarse para la vida fue para mí la tercera ley de Isaac Newton: Acción + Reacción = Resultado.

Aunque me cueste decirlo; el miedo a sentirse rechazado siempre ha estado como esa espada de Damocles sobre mi cabeza. El creerte que no puedes avanzar, progresar y formarte como los demás. Ese sentimiento de inferioridad, eso al que denomino mis mecanismos de defensa.

La acción determinante de llegar a reaccionar ante la precariedad emocional que sufrí hace trece años y al cuál desembocaría en una esquizofrenia paranoide me ha hecho mejor persona con el resultado que soy un adulto feliz.

Un hombre al que le costó pedir perdón a las personas que hizo daño; familia, amigos, vecinos. Es decir, me costó tanto pedir perdón a mis padres que no supe que al pedirles perdón lograría esa calma de la que hace tiempo no gozaba.

Sí. Me comporté como un auténtico animal o criminal. Sencillamente he sido siempre un niño inconformista e indolente, ajeno al dolor que podía causar a los demás, empezando por los compañeros de clase. Pensé que todos actuaban contra mí y al que no supe darle el lugar y el sitio a las personas que traté como un mezquino, sabiendo que la víctima no era yo: Eran ellos.

Por eso yo nunca jamás me comportaré como un niño o un adolescente rebelde y maleducado. Siempre me aferraré a los valores de lo que se rige la sociedad que quiere ayudar y avanzar.

Mi perdón es general y necesitaré cien años para pedir perdón. Perdón por no saber valorarte, quererte y sobre todo respetarte.

Actualmente he dejado atrás mis malos hábitos físicos y mentales, y valoro y respeto a todas aquellas personas que me dan cariño, y honestamente mi mayor baza y mejor carta de presentación: Es que no me dejo nada cada día por intentar hacer feliz a los demás, como es una tarea diaria en honrarle a mi difunta madre todos los días de los que fui feliz con ella y le demostré que pidiéndole perdón lograría un estado de felicidad al cuál ambos disfrutamos hasta el último momento de su vida.

En la tercera ley de Newton se valora tanto la acción, la reacción como el resultado y yo tarde décadas en dar con esa tercera ley para poder quitarme todo ese lastre que me pesaba física y mentalmente.

Hoy mi vida gira en torno a un espacio de bienestar embellecedor y acogeré todos los designios que me depare la vida, y lucharé hasta el final y lo daré todo para que todos mis días sean con más luces que sombras.

En el enclave profundo de mi alma dormitan ese angelito para poder espantar a ese demonio que merodea de vez en cuando por mi mente para que esté siempre en alerta y al que le debo tanto a la vida por demostrarme que todo estaba al alcance de mi mano y hoy soy un discípulo más de ella.

Y aunque el presente y el futuro esté muy turbio para las personas jóvenes y mayores con algún problema mental. Siempre hay una ventana o una puerta abierta hacia el optimismo.

Y no hay mejor medicina que tomar que la cura de humildad, ya lo patentó Sigmund Freud. Al igual que la cura del habla será para mí la mejor terapia para sellar este vínculo tal productivo con la salud mental.

No sé si seguiré hasta los cien años para pedir perdón a las personas que les hice daño, pero habrá un motivo cada día para recordarte que te pido perdón por todas esas malas cosas o malas acciones que te dije o hice.

Ahora ya me dice el profesional que me puedo ir a casa y que me puedo bajar de el diván, nunca mejor dicho.

P.D.:: “La venganza nunca es buena, mata el alma y la envenena” (EL CHAVO DEL OCHO)  

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