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Orgullo y perdón
Publicado el 10 de Junio de 2008, Martes

Lourdes Paredes Cuellas

Actualidad -

Le costará mucho al orgulloso llegar a pedir perdón con espontaneidad. Aunque su voluntad esté decidida a luchar contra esta soberbia, difícilmente podrá controlar sus primeros impulsos, que se "revolverán" contra el camino de humildad.  No pensemos que es tontería pedir perdón cuando el mal ya está hecho. Aparte de que podemos evitar el escándalo en quienes nos rodean, también nos dispone a nosotros para tener más prontitud en el control de nuestros impulsos.

    Pedir perdón es algo sencillo. Basta con decir tan sólo una o dos palabras: perdón, perdona, lo siento, disculpa... Pero las implicaciones que conlleva dicha acción quizá son más complejas de lo que parece a primera vista.

     Creo que casi todo tiene que ver con que pedir perdón significa admitir que te has equivocado, que hiciste algo mal. Y eso es algo que choca frontalmente con el orgullo, una de las características humanas que probablemente más problemas nos trae.
 
     "El orgullo divide a los hombres, la humildad los une". Al pedir perdón, por tanto, estamos mostrando nuestra faceta más humilde, ésa que nos hace parecer más débiles y más inocentes. Pero que también nos convierte en seres más amables y más íntegros, y nos engrandece personalmente porque vemos que nuestra acción revierte positivamente tanto en nosotros como en los demás.

     Si cuando cometemos un error, no somos capaces de reconocerlo y pedir disculpas, estaremos cometiendo dos errores. Y, además, estaremos mintiendo y, quizá, las consecuencias de nuestro error las esté sufriendo alguien inocente.

     Pero... es que todos nos equivocamos. Todos cometemos errores. No pasa nada. Se intenta solucionar y listo. Y, la próxima vez, tenemos más cuidado.

¿Por qué, entonces, nos cuesta tanto pedir perdón?

Muchas personas sienten que es humillante pedir disculpas, pues marca una carencia moral propia. Si uno pudiera ser objetivo consigo mismo (que es lo más espinoso), notaríamos inmediatamente que esta actitud es totalmente errada.

Todo depende también de cómo uno se acerca a pedir disculpas.  Aquel que realmente se arrepiente de lo que sucedió y es sincero en lo que dice, seguramente podrá lograr que el episodio quede en el olvido y restablecer un vínculo sano con el semejante. Sin embargo, la arrogancia de muchas personas no les permite hacer las cosas de modo simple y derecho.
Aun si se acercan a disculparse, necesitan decir las cosas justificándose y de ese modo defender su postura combativa anterior, es decir: demostrarle al otro que en realidad no es uno sino él, el responsable de lo acontecido. Cuando se presenta el tema así, obviamente es más probable que se enardezcan las pasiones iniciales, a que se aplaquen los ánimos.

Existe una razón adicional que impide perdonar de todo corazón: nosotros sabemos que obramos mal. Podemos llegar a sentir que el abuso del otro ("mal de muchos") justifica el nuestro. Es más, dado que quizá en el pasado o en el futuro yo no obre correctamente con esa persona, su agresión hacia mí, en cierto modo "se equilibra", nos da una sensación de "tener crédito a favor"... Nos parece que es "ventajoso" tener esa ficha guardada "por si algún día..."

Si bien puede parecer poco apropiado hablar en términos egoístas, es útil saber que el más beneficiado del olvido y de la absolución, es la propia persona que la otorga. El rencor habitualmente carcome más ,  física y emocionalmente, a quien lo posee que a la persona contra quien está dirigido.

¿Quiénes son las personas con quienes suelen suceder las peores agresiones? los familiares y las personas más cercanas son quienes más sufren a raíz de las actitudes de sus "seres queridos".

¿Por qué se sufre más con los allegados? por la simple razón (acertada, o no) de que  se debe confiar en los seres cercanos a uno. Cuando la realidad demuestra que uno no gozaba de dicha confianza, la desilusión es tanto mayor.

 A menudo, no somos conscientes del dolor que le hemos provocado a otra persona porque olvidamos que los seres humanos no somos todos iguales. Existen grandes diferencias en las susceptibilidades de los distintos individuos. Lo que a uno le parece un chiste o una pequeña gracia, para otro es un acto ofensivo.
El hecho es también que no todos somos similares en cuanto al temperamento: hay personas de fácil (o difícil) acaloramiento, mientras que los hay de fácil (o difícil) conciliación.

Eva Mª Calderón Muñoz
PSICÓLOGA
Máster en Drogodependencias
Tfno.Consulta: 957 56 10 87

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