Publicado el 17 de Abril de 2018, Martes Lourdes Paredes Cuellas
Actualidad -
El pasado año se conmemoraron los 150 años del nacimiento
del escultor cordobés Mateo Inurria. Aún cuando todas estas actividades se
concentraron en la capital de nuestra provincia, quisiéramos desde aquí reivindicar
su empatía y complicidad con los mineros, de la cuenca del Guadiato, tal como
quedó reflejado en su obra “La Mina de Carbón”, un altorrelieve que obtuvo en
Madrid el primer premio de la Exposición de Bellas Artes de 1899.
Un año antes, en marzo de 1898, se había
producido en Belmez la explosión de la mina Santa Isabel, que con 54 muertos
había sido la mayor catástrofe de la minería española y que culminaba una serie
de graves accidentes que, principalmente en las minas de Peñarroya, Pueblonuevo
y Belmez, venían sucediendo con demasiada frecuencia.
Inurria, que debía conocer la cuenca del
Guadiato por su relación con el pintor Julio Romero de Torres, casado con la
belmezana Francisca Pellicer, no dudó en acudir a estas minas buscando
inspiración para su obra, y pasar largas jornadas en el interior del pozo de
Cabeza de Vaca, a trescientos metros de profundidad, donde pudo comprobar en
primera persona lo penoso del trabajo del minero, cómo el enrarecido aire le
oprimía los pulmones, cómo resonaban las piquetas al golpear las lajas de
carbón, cómo crujían los postes de entibación de las galerías y la amenaza
constante de una explosión de grisú, a pesar del uso de las lámparas Davy.
Tomó apuntes del trabajo de picar, recoger y
acarrear el carbón mineral en estas condiciones, por hombres completamente
desnudos debido al calor asfixiante, la enorme humedad y la falta de
ventilación en algunos tajos.
Fruto de ello fue la obra “La mina de Carbón”,
que mereció elogios unánimes de la crítica, manifestando que, más que un
altorrelieve, se trataba de un grupo escultórico, pues las cuatro figuras que
lo componían apenas estaban ligeramente adosadas al fondo.
Ese fondo representaba las paredes y el techo
de la galería, y ante él cuatro hombres componían el grupo, tres desnudos, de
los cuales solo uno calzaba unas mínimas sandalias, y un cuarto, semidesnudo,
que sostenía una de las dos lámparas que aparecían en la escena, como única
iluminación del interior de la mina. Cada una de las tres figuras desnudas
realizaba un trabajo diferente, destacando la del picador, de espaldas a la
escena, aun siendo las otras dos de mejor factura, un minero en cuclillas
llenando su capazo y otro recogiendo el carbón con una pala.
De líneas firmes y elegantes, como si se
tratara de figuras clásicas de Grecia o Roma, la crítica encontraba las figuras
algo delicadas para tratarse de unos obreros que pasarían largas jornadas en
las entrañas de la tierra, por lo que los cuerpos deberían ser más enjutos,
rudos y hasta deformes por la dureza del trabajo.
A pesar de ello, se hablaba de la emoción
estética que producía su contemplación, de la influencia clásica, de la armonía
de sus líneas y del buen gusto plástico del autor, mereciendo toda clase de
elogios por la finura y firmeza del contorno, la elegancia del movimiento, la
verdad de los rostros y el realismo de alguna de las figuras.
En esta exposición en el Palacio de Bellas
Artes participaron también escultores de la valía de Miguel Blay, José Alcoverro,
Ricardo Bellver, Aniceto Marinas o Mariano Benlliure, que nada pudieron hacer
ante la obra de Mateo Inurria, considerada una de las más interesantes de la
escultura contemporánea española.
José Antonio
Torquemada Daza
Secretario
Fundación Cuenca del Guadiato
Fuentes:
La Ilustración
Artística 16 de junio de 1899; El Liberal 4 de mayo de 1899
Imagen conservada en la
Biblioteca Nacional
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