Publicado el 28 de Octubre de 2013, Lunes Lourdes Paredes Cuellas
Peñarroya-Pueblonuevo - Sociedad - Luis Enrique Sánchez García
Desde
que murió mi padre, no falto a la cita con mi Virgen del Rosario. Es mi manera
de honrar su memoria, reviviendo ese inmenso amor por su pueblo y por su
patrona que le caracterizaba, a la vez que acreciento el atavismo que
irremediablemente me une a mi tierra y a su gente. Es siempre, por tanto, una
efemérides emotiva, cargada de sentimientos y recuerdos; pero la de este año ha
sido especialmente singular. Ya por la prensa local sabía de la visita de
nuestra Virgen del Rosario a todas las parroquias de la localidad,
sorprendiéndome gratamente esa aceptación generalizada del patronazgo. Estaba
avisado de esa realidad, impensable hace veinte años, pero la fiesta me tenía
reservada más sorpresas: en el ofertorio, la alcaldesa ofreció su vara de mando
en un gesto de fervorosa pleitesía, que se correspondía con la voluntad de la
corporación municipal de proclamar a la Virgen del Rosario como alcaldesa
perpetua de Peñarroya-Pueblonuevo, lo que finalmente fue corroborado con la
colocación de la vara sobre su saya. No tengo empacho en reconocer que, durante
los aplausos que siguieron a dicha imposición, a duras penas pude resistir las
lágrimas. Pensaba en mi padre, en el orgullo que sentiría de haber presenciado
ese momento; pero sobre todo veía el milagro del pueblo unido en torno a esa
virgen pequeñita, que recorrería el pueblo con un Niño inquieto en sus brazos.
No quedaba el mínimo rastro de la arrogancia de antaño de los de Pueblonuevo,
ni de la contenida rebeldía de los de Peñarroya. Era la unidad que pedía el
párroco en su homilía, cimentada en la adversidad de este pueblo curtido en el
desgarro de la emigración, del paro y el olvido. No es mal camino el emprendido
en esta hora de materialismo, en el que la dignidad del hombre es un valor a la
baja, haber tenido el discernimiento y la capacidad de saber ―como únicamente
sabe hacerlo el pueblo―, que la fe, el sentimiento religioso y la devoción
pueden sublimar a una comunidad y ayudarla a convivir en paz y armonía. Era una
sensación inenarrable que, de alguna manera, me revelaba la certeza de la
secreta esencia trascendente que anida en lo más recóndito del ser humano.
Al
salir la Virgen, los costaleros la dirigieron al "Parque", el lugar
de mis carreras y juegos infantiles, de los domingos soleados y de los sueños y
anhelos juveniles, donde tomó posesión de ese entrañable lugar para tantas
generaciones, porque desde ese momento el “Parque” se llamará "de la
Virgen del Rosario". Y comenzó la procesión de la imagen, arropada y
piropeada por bailes de niñas, jóvenes y mayores, solemnizada por una banda de
cornetas y tambores ―como se decía en las gacetillas antiguas― y acompañada
hasta su iglesia matriz por el respeto y la veneración de sus fieles devotos.
Toda la fiesta estuvo engalanada por una emoción sostenida, sin exuberancias ni
desmesuras. Era una alegría vivida y apenas exteriorizada, porque este pueblo,
otrora bullicioso, no está para hacer derroches. Vive en la esperanza,
atemperando la zozobra de la incertidumbre desde la confianza de que esa unión,
bendecida y patrocinada ahora por nuestra Madre del Rosario, será su fuerza
para aspirar a un futuro alentador.
¡Qué
espléndida elección ha hecho este pueblo, acogiéndose al amparo de la Virgen
del Rosario! No podía ser de otra manera, pues su trayectoria vital, tanto
histórica como presente, está plenamente identificada con la significación de
la Madre de Dios. Precisamente el papa Francisco nos recordaba este verano que
María significa “lucha, resurrección y esperanza”. Lucha, más que avalada por
este pueblo forjado y cimentado sobre la sangre y el sudor de sus propios
hijos; resurrección, a la que aspiran los cristianos de Peñarroya-Pueblonuevo
después de haber conocido como pocos la cruz, y esperanza, porque nadie mejor
que estos hombres y mujeres son acreedores a esta virtud, a este don, pues a
pesar de su lucha cotidiana creen en la victoria final.
La
ausencia del señor obispo —qué mal suenan las disculpas cuando se trata de
honrar a un pueblo—y la presencia de las autoridades civiles, incluso provinciales,
le dio a la fiesta un carácter más laico y seglar, más periférico, como le
gusta utilizar a nuestro papa, lo que nos induce a pensar en su autenticidad,
porque todo lo que vi, todo lo que experimenté ese día, fue sincero, fue de
verdad. Siempre que vuelvo a mi pueblo me embarga la nostalgia y me invade una
tristeza infinita al ver los restos de su devastación. Pero hoy me voy contento
y orgulloso de haber tenido la fortuna de abrir por primera vez mis ojos en
esta tierra, a la vez que susurro una oración:
«Madre, Virgen del
Rosario, acepta mi plegaria.
Acoge bajo tu manto a los hombres y mujeres
de tu pueblo,
acompáñales siempre en su camino
y concédeles el favor de ver crecer a sus
hijos en él,
con trabajo y dignidad».
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