Publicado el 26 de Noviembre de 2013, Martes Lourdes Paredes Cuellas
Peñarroya-Pueblonuevo - Sociedad - Pregonero:
Alberto Díaz-Villaseñor Cabrera
Peñarroya-Pueblonuevo,
al anochecer del 23 de noviembre del año del Señor de 2013
Querido Sr. Vicario Episcopal, Sacerdotes,
estimadas autoridades, miembros de Guardia Civil, Hermanos Mayores, Hermanos, y
todos cuanto viven y dan brillantez al mundo cofradiero local, Hermanos todos,
señoras y señores:
La Hermandad y Cofradía del Santo
Entierro y de Nuestra Señora de los Dolores de la parroquia de Santa Bárbara se
encuentra en un momento glorioso por la celebración de una serie de actos
religiosos y cofrades centrados en la Exaltación del Santo Entierro, nuestro
Padre Yacente, con motivo de su llegada, hace 75 años, a nuestra querida
ciudad.
He de agradecer que la Hermandad haya
pensado en mí, de forma totalmente inmerecida, en tan altísimo momento
histórico, tanto por el honor que ello me supone como por cuanto con toda
seguridad hay Hermanos de mayor merecimiento y conocimientos para dirigirles a
ustedes este pregón. Es por ello que la responsabilidad que se me otorga es
mayor y me obliga, con mucho gusto, a dar de mí y de mi compromiso de fe
cristiana, lo mejor en estos momentos.
También he de agradecer a Manuel Enrique Sánchez Porras,
mi presentador, sus palabras, que constituyen un magnífico Pregón en sí mismas,
y las cariñosas palabras que me ha dedicado, tanto más valiosas y queridas por
cuanto proceden de un hombre experimentado, valiente, trabajado, enamorado y
comprometido con el movimiento cofrade de Peñarroya-Pueblonuevo y con su
espíritu cristiano. En muchas ocasiones hemos colaborado ambos en otros mundos
y actividades sociales, no sé si más duros pero sí extremadamente complicados,
relacionados con la información y el proceloso pasado reciente de nuestra
localidad. Este contacto frecuente y altruista creo que nos ha convertido en
amigos con cierta complicidad de esas que no es necesario explicar cuando se
trata de colaborar en lo que sea en favor de nuestra ciudad. Gracias de nuevo y
siempre, Manuel Enrique.
He de confesar que cuando Conchi Perea,
la Hermana Mayor
de la Hermandad, me propuso pronunciar este pregón me sentí extremadamente
inquieto. Cuando, al rato de estar hablando, le concedí mi, permitidme que lo
diga en términos neotestamentarios, “fiat”, o sea “hágase”, o “de acuerdo”, fui
inmediatamente consciente del peso que aceptaba. Estuve luego días, semanas,
intentando dar forma a esta alocución, pero sin mucho éxito. A pesar de estar
acostumbrado a escribir, a pesar de haber hecho de la lectura y la escritura mi
profesión y mi vocación, a pesar de la experiencia de años en el manejo de las
ideas y de su plasmación al papel, me resultaba muy difícil culminar mi
encargo. Entonces pensé, como nos enseña Jesucristo, que debía ser simple,
humilde, que no tenía por qué verter en un escrito grandes palabras ni
conceptos, sino que debía volver a ser el niño que fui y que siempre se
admiraba de nuestra Semana Santa. Y entonces cogí viejos álbumes de fotos, y
allí, la primera de todas, había una, en
blanco y negro, que mostraba a un Santo Entierro en plena calle, a ruedas, con
un párroco, Don Diego Ajenjo Bejarano, tan querido para mi generación, con aquellas
gafas oscuras que, de día y de noche, formaban parte de su personalidad. Y caí
en la cuenta de que antes de sentir la fascinación por las letras, sentí la
atracción de las imágenes, que debía transformarme de nuevo en aquel muchacho
que con una aparatosa máquina TTL de doble objetivo, desde los quince años
sacaba fotos con una fruición respetuosa, admirada y vocacional, de nuestras
imágenes y pasos en la calle.
Y así lo hice, y de ésa y otras imágenes que examiné con
veneración después fue constituyéndose la idea de este rendido homenaje a
nuestro Santo Entierro.
También me era necesario, o, mejor
dicho, fundamental, destacar los aspectos históricos de la imagen del Yacente.
Para ello me ha sido imprescindible la información que de primera mano me
proporcionó Josefina
Sánchez de Mora Cortés, cuya familia se encuentra en el
origen de la presencia hoy entre nosotros de nuestro Padre Yacente en su urna
de cristal y madera del Santo Entierro, así como la que me ha facilitado Manuel
Enrique en nuestras conversaciones. También examiné viejos escritos de otros
Hermanos cofrades de acendrada voluntad documentalista, algunos de ellos a libre
disposición en la red, como los de ese incansable polígrafo que es nuestro
querido Adalberto García-Donas, y otras pistas más que me han aportado luz
sobre la Historia de la imagen, ya que muchas veces los recuerdos están algo
difuminados.
De esta manera, a pesar de las
dificultades que imponía la memoria y la falta de una documentación exhaustiva
y fiable, sí he llegado a saber que fue cuando estaba próxima a finalizar la
guerra civil (varias fuentes apuntan a 1938) o inmediatamente después de ésta,
cuando los hijos de Zoilo Gallego, minero de nuestra ciudad, quisieron donar a
la parroquia una imagen de Santa Bárbara, encontrándose con que se les había
adelantado en este amoroso gesto otra familia diferente. Entonces, Juan y
Macelina Gallego Sánchez y Juan de Dios Cortés Payá, abuelos de nuestra querida
amiga Josefina Sánchez
de Mora, ya citada, se decidieron a hacer lo posible para que la parroquia
contara con un Cristo Yacente. Para ello se dirigieron a un taller de
imaginería de Sevilla, concretamente el de Amadeo Ríos Olmo, de acreditado
prestigio, que elaboró una realista imagen, muy limpia de formas, en escayola
de una sola pieza. Realizado el hermoso trabajo, las familias se llevaron, no
obstante, cierto disgusto al ver que la imagen era más pequeña de la que
encargaron o de lo que, por lo menos esperaban, pero la aceptaron y recibieron
con amor y una enorme responsabilidad. En cuanto a la urna, fue ejecutada por
un carpintero de nuestra localidad cuyo nombre ha caído en el olvido pero que
al parecer tenía su taller en la calle de la Montera, hoy de José María Pemán,
quien también habría realizado las andas blancas.
Cuánta razón tiene Josefina cuando me
decía: ¡Qué pena no haber hecho caso a nuestra madre cuando siempre nos
recomendaba que escribiéramos la historia del Santo Entierro y la depositáramos
bajo la imagen, así nunca se habría olvidado y la conoceríamos en todos sus
detalles de primera mano! Sí, tenía razón su madre, pero no desdeñemos el
aspecto romántico que se desprende también de las leyendas cuando la historia
no está clara, de los aportes confusos, reales o no, de las personas; y, sobre
todo, valoremos el hecho incuestionable de la presencia de nuestro Yacente
entre nosotros desde hace 75 años, independientemente de su trayectoria vital
que lo sitúa hoy donde lo contemplamos y veneramos.
En aquellos primeros años, el Santo
Entierro era adornado con las flores que los jóvenes iban recolectando de la
buena voluntad de los propietarios de los chalés del barrio de los Jardines. El
fruto de esa hermosa y generosa colecta era preparado y aderezado en la propia
casa de la madre de Josefina, y más tarde en el patio de su tío Andrés Cortés,
mientras que las andas se guardaban en el local de Tabacalera que estaba al
cargo de Juan Gallego. En aquellos tiempos iniciales, el paso era portado a
hombros por miembros de estas familias. Fueron tiempos en que aún no existía la
Hermandad bajo su advocación, la imagen pertenecía a la parroquia de Santa
Bárbara. Más tarde, en 1958, se consiguen los estatutos canónicos y se
constituye la Hermandad del Santo Entierro, siendo elegido Hermano Mayor el
propio Juan Gallego, y adhiriéndose a la misma numerosas familias devotas de
nuestra ciudad.
Con el paso del tiempo se encargó un
nuevo paso más grande con ruedas, al parecer a los Hermanos Salamanca de Pozoblanco,
compuesto básicamente por cuatro tablones de madera y tela metálica como la de
una mosquitera para formar la canastilla, en cuanto a la canastilla original,
fue usada como peana de la Urna y colocada para que quedara más alta. Es de
destacar que, al ganar altura, el Yacente corría el riesgo de no ser visto por
los fieles desde abajo, por lo cual se ideó un sistema, oculto entre los
lienzos de raso, que lo eleva un poco y además lo sujeta para evitar el
bamboleo propio durante la
procesión. Las túnicas negras con las golas cervantinas que
hoy llevan los pequeños que acompañan al paso fueron inicialmente vestidas por
los mayores, y se inspiraron en las que llevaban los Caballeros del Santo
Sepulcro de Córdoba, capas de grueso raso segoviano estampadas con las cruces
de Jerusalén, complementadas con la gola cervantina y la vara de autoridad,
recreando así un vistoso modo de mostrarse muy del gusto del Siglo de Oro. Tras
finalizar cada Semana Santa, las andas se guardaban hasta el año siguiente en
la cochera del farmacéutico Manuel Berenjena.
Aquella esperanzada grandeza inicial se
vino un poco abajo con el tiempo, la Hermandad desapareció y la parroquia
volvió a asumir la custodia de la imagen y la responsabilidad de su procesión.
Fueron años sin penitentes o con muy pocos, los más mayores empujaban el paso
de ruedas, pero después de cruzar la calle Virgen del Carmen los jóvenes
echaban una mano arrimando el hombro para salvar el duro ascenso de la cuesta
de la calle Olózaga. Entre mis recuerdos infantiles guardo la imagen de padres
de amigos, como Daniel Cerrillo Sánchez, Ramón Hernández Guindo y Zacarías
Tejedor, entre otros, entre aquellos esforzados y comprometidos señores para
con el santo Entierro.
En 1976 asume el cargo de Hermana Mayor
de la Hermandad de la Virgen de los Dolores Angelines López Matarán. Tras
nuevas vicisitudes, dicha Hermandad asume también el paso del Santo Entierro en
1993, como no podía ser de otra manera dada su simbología y advocación. Un año
antes, en 1992, tras la restauración del paso, el párroco Don Antonio Jurado
Torrero decidió que había llegado el momento de revitalizar esta estación de
penitencia y de que dejara las ruedas; entonces salió a hombros portada por la
cuadrilla de Nuestra Señora de la Amargura sobre unas parihuelas realizadas por
Higinio Muñoz. Y al año siguiente, en aquel 1993, ya asumido por la Hermandad
de los Dolores, y de acuerdo con el párroco, se constituye una cuadrilla
compuesta por 24 costaleros muy jóvenes dirigidos por nuestro querido Manuel
Enrique Sánchez Porras como capataz, mientras que la Virgen era llevada a
hombros por mujeres capitaneadas por José Fernández. En este sentido, Manuel
Enrique me decía hace poco que en aquella primera cuadrilla de 24 costaleros
los había que mentían sobre su edad para poder salir, ya que algunos sólo
contaban con 14 ó 15 años de edad. La verdad es que se hizo un gran trabajo con
ellos no sólo para enseñarles a andar en el modo y manera que exige un paso
solemne como éste, sino en la concienciación sobre la seriedad y el sentido
religioso que caracteriza especialmente al Santo Entierro.
El Yacente, con su joven cuadrilla y
con un Manuel Enrique Sánchez Porras que se estrenaba como capataz, fue la
primera que se atrevió a subir al barrio del Cerro a costal por la calle
República Argentina, y no sólo se atrevió a subir, sino que tuvo el valor de
acometer una bajada que ya se sabe que es mucho peor cuando se lleva tato peso;
pero el éxito experimentado tras la hazaña hizo ver a los ilusionados hombres y
mujeres del mundo cofrade local que aquello no sólo era posible sino que podía
ser llevado a cabo por otros pasos más voluminosos y pesados con el
entrenamiento y la motivación adecuados. Aquella cuadrilla del Santo Entierro
se convirtió también en un grupo de amigos, y fue la primera en protagonizar
además, a nivel local, en aquel 1993, los primeros relevos.
En 1995 la Hermandad estrenará su Simpecado,
realizado por Pepi Cortés Navas. En 1999 deja el cargo de Hermana Mayor (en
funciones le gusta a ella decir) en el cual había permanecido durante más de
veinte años, desde 1976, Angelines López Matarán, quien ha llevado con santa
resignación y arduo trabajo, en comunidad con su esforzado equipo y Junta de
Gobierno, y con la ilusión de costaleros y costaleras, la trascendental misión
de apuntalar el esplendor recuperado con tantas dificultades.
En el año 2000 fue nombrada una nueva
Junta gestora con José María Cuesta Villarreal al frente. Poco después, sobre
el 2002, y tras diez años de dedicación, Manuel Enrique fue relevado como
capataz tras una trayectoria culminada con su característico fervor e
implicación, y cabe reseñarse la anécdota de que en aquel año fue aceptado como
costalero uno de aquellos trabajadores italianos que entonces vivían entre
nosotros mientras duró la construcción del gasoducto que atraviesa nuestra comarca.
Sucedió a Manuel Enrique como capataz Fernando Guerrero
Litón, y después otros voluntariosos hermanos que estuvieron en dicho puesto
generalmente poco tiempo. A continuación, desde hace unos cinco años, una vez
deshecha la cuadrilla y sin encontrar sustitutos, la sagrada Urna ha
tenido que volver a las ruedas, en un proceso que esperemos no dure mucho más
tiempo y que pueda volver a encontrar una fuerza joven y generosa que lleve de
nuevo el paso a costal. Actualmente, los pocos que quedaron del grupo del Santo
Entierro se encuadraron en la cuadrilla mixta de la Virgen de los Dolores, y no
descartan volver a sus orígenes en el momento en que sea posible con un equipo
suficiente. Sobre la originalidad de esa cuadrilla mixta, destacar que es la
primera que se constituyó en el mundo cofrade, con ese carácter mixto, con la
aquiescencia y el apoyo del párroco Don Jesús Perea Merina.
En 2005 el Santo Entierro estrenó
nuevos respiraderos y la restauración de la canastilla, trabajos realizados por
personas cercanas al paso, entre ellos algunos costaleros. Al paso, porque no
tenía incensario, le donó uno en su momento Lourdes Sánchez de Mora, hermana de
Josefina, un artístico incensario de plata de manufactura cordobesa. Lourdes
preparó también la cestilla del incienso y se sigue ocupando todos los años
para que no le falte el sagrado elemento.
Vista esta trayectoria interesante y
ejemplificadora del Santo Entierro en Peñarroya-Pueblonuevo, permitidme que me
refiera de nuevo a algo de lo que apunté en el principio, es decir, a cómo un
niño de quince años, ya atrapado y rendido por la afición de lo estético, de
las imágenes y de todos los aspectos compositivos, semióticos e icónicos que
dan carta de naturaleza a cualquier mensaje fotográfico, contemplaba aquella
imagen del Cristo en su santa Urna, aquel Santo Entierro tan adusto y terrible,
pero a la vez tan impregnado de amor y Redención. Cuando, cargado con mi
cámara, he asistido al paso de las estaciones de penitencia de
Peñarroya-Pueblonuevo, he constatado la magnificencia estética de las imágenes,
la trascendencia de su mensaje, la importancia del significado que transmiten.
Y centrándonos en el Santo Entierro, siempre me ha desasosegado –creo que como
a todos los niños- la expresión de la muerte en el rostro de Dios. Con los años
y la profundización en el sentido religioso de la iconografía católica, uno va
siendo capaz de desprender el polvo de la paja, de desbrozar la maleza de lo
aparente, y por fin aprende el infinito y fantástico mensaje de la muerte de
Cristo, una muerte que no es muerte porque no es otra cosa que la condición
previa y necesaria de la Resurrección, de esa redención y triunfo sobre el
pecado y el exterminio que supone el dogma de la Resurrección y la Vida.
Nada, ninguna imagen, ninguna
representación de Cristo, por lo tanto, más adecuada para resumir el misterio
de nuestra fe que ésta del Santo Entierro, donde un Yacente torturado se nos
muestra en toda la expresión del dolor sereno tras el sufrimiento y nos anuncia
el verdadero reposo, el de la Vida en la Gloria del Señor.
Desde siempre me intrigaron algunos
misterios relacionados con la imagen del Cristo de las estaciones de
penitencia. ¿Por qué la llaga de la lanzada del centurión Longinos se
encontraba en el lado derecho y no en el izquierdo del santo costado? ¿Por qué
la cabeza siempre reposa inclinada sobre el lado derecho del Cristo? ¿Por qué
las llagas de las manos se encuentran en las palmas y no en las muñecas?
Fue, creo, cuando tenía 16 años, en
1975, cuando el sacerdote que nos impartía Religión en el Instituto, Don Pedro
Fernández Olmo, nos aconsejó que leyéramos el libro “El retrato de Cristo”, publicado
por el Padre benedictino José
Luis Carreño en 1968. Aquel libro sobre la demostración de la
autenticidad de la Sábana
Santa de Turín, conocida también por el término griego “Síndone”,
supuso para mí todo un descubrimiento de fe y un inaudito refuerzo de las
creencias religiosas que, como cualquier niño, había recibido desde la cuna. Allí se
encontraban todas las respuestas, todas las aclaraciones a las dudas y, sobre
todo, todas las explicaciones necesarias, no desde un punto de vista dogmático
o de fe sino científico, lo cual, para cualquier adolescente que se hace muchas
preguntas, supone una garantía de credibilidad y verosimilitud.
En aquel libro aprendí que las manos de
los crucificados no eran atravesadas por las palmas sino por las muñecas, pero
que en la imaginería religiosa a partir del medioevo, quizás por
desconocimiento médico de aquella técnica de tortura, se popularizó el poner
las llagas en las manos. Nuestro Santo Entierro así las representa, recogiendo
con ello la más antigua tradición imaginera. Pero la Sábana Santa de Turín
representa al Crucificado con las llagas de los clavos en las muñecas puesto
que anatómicamente está demostrado que un cuerpo que fuera clavado por las
palmas, éstas acabarían desgarrándose por el peso del cuerpo. Por ello, los
romanos clavaban a los condenados por las muñecas, donde existe un sistema de
huesos suficientemente resistente, y se daba el caso, además, de que, en
ocasiones, si el reo se caía, era también amarrado por los brazos.
En aquel libro aprendí, asistiendo al
análisis exhaustivo del Santo Sudario, todo sobre la lanzada del centurión o
del soldado romano que la tradición cristiana recuerda con el nombre de
Longinos de Cesarea, y que fue canonizado santo por cuanto, según la misma
tradición, fue el que exclamó “En verdad éste era el Hijo de Dios” tras asistir
a los prodigios naturales que se desencadenaron cuando Cristo expiró, y que
luego se convertiría al Cristianismo. Aprendí que en la Sábana Santa la
mancha de sangre del costado se encuentra en el lado izquierdo, porque,
lógicamente, como envolvía el cuerpo, la herida quedó impregnó el lienzo en el
lado contrario, el izquierdo. Esto demuestra que la lanzada fue efectuada
contra el costado derecho, tras lo cual el cuerpo del crucificado produjo una
efusión de sangre y agua al haber atravesado la pleura congestionada por el
sufrimiento que rodea el pulmón. Con ello, se cumplía la profecía de que no se
le quebraría ningún hueso y se identificaba a Cristo con el Cordero de Dios. Y
permitidme que me detenga un instante en estas circunstancias porque en ellas
creo que se encuentra todo el Misterio de la profecía de la venida del Hijo del
Hombre y la demostración, de paso, de que la Sábana Santa es la
verdadera del Crucificado y de que nuestro Yacente, en esto, sí es fiel a la
tradición.
Resulta que en la Pascua Judía los
fieles debían comer un cordero sacrificado al que no se le debía romper ningún
hueso. Luego, las profecías, enseñaban que Jesucristo sería inmolado por la
salvación de los hombres igual que se inmolaba al cordero pascual, muerto y
desangrado sin quebrarle ningún hueso. Y así ocurrió. El soldado romano,
creyendo que Cristo ya había expirado, o para asegurarse de que, en efecto,
había expirado, efectuó su lanzada contra el pecho del Señor. Porque lo
corriente era que a los condenados, para provocarle la muerte si ésta se
alargaba en exceso, se les rompieran con una maza los huesos de las piernas con
objeto de que no pudieran apoyarse para levantar el tronco para respirar, y así
acababan muriendo asfixiados.
Dicen los textos sagrados “Vidi aquam
egredientem de templo a latera desxtro, alleluia, et omnes ad quos pervenit
aqua ista salvi facti sunt” (Vi agua fluyendo del lado derecho del templo –el
Cuerpo de Cristo-, aleluya, y todos aquellos a quienes llegaba el agua fueron
salvados y dirán Aleluya, Aleluya).
Ni los evangelios canónicos,
autorizados por la Iglesia en el Concilio de Nicea en el año 325, ni los
apócrifos, esclarecen en qué costado recibió Jesucristo la lanzada (sólo lo
prueba de modo irrefutable de la Sábana Santa). Pero en la iconografía tradicional,
la escena de la crucifixión siempre la muestra en el costado derecho. Ya los
antiguos libros iluminados del Medioevo marcaron la tradición de la que no se
apartó el arte religioso posterior durante el renacimiento o el Barroco. Antes
de esa fecha es inútil buscar indicios porque hasta el año 680, fecha del Santo
Sínodo de Constantinopla, no se representaba a Cristo crucificado sino en forma
de Cordero Pascual por los motivos que he expuesto anteriormente.
Según los informes médicos y anatómicos
que he consultado, hay varias explicaciones para que de la herida saliera
sangre mezclada con agua, pero lo que está claro es que estamos hablando de una
herida que se ha producido en una persona que ya está muerta. Si hubiera estado
viva, evidentemente hubiera arrojado mucha más sangre de la que se muestra en la Sábana Santa, y
además esa herida habría tendido a abrirse por el movimiento, pero no ocurrió
así, se quedó con la misma forma de la hoja de la lanza; y ello coincide con lo
que nos cuentan los Evangelios sobre la muerte de Jesús.
Lo que llama poderosamente la atención
es que en la Sábana la herida es exactamente igual que la que le daría un
soldado romano profesional. Estaba dada por el lado derecho y efectuada, como
también aparece en la escultura romana llamada “El galo moribundo” que se
conserva en el Vaticano, en el espacio intercostal entre la quinta y la sexta
costilla, algo que los soldados sabían que producía la muerte automática del
enemigo. ¿Y por qué en el lado derecho? Otra prueba más, porque el enemigo se
cubría con ele scudo cogido con el brazo izquierdo y dejaban más espacio libre
en su costado derecho, y es a dar la lanzada ahí a los que estaban
acostumbrados los legionarios profesionales. El resto, es conocido: la lanza
atravesó el pecho por el quinto espacio intercostal, atravesó una pleura
congestionada de líquido por los hematomas y sufrimientos, y llegó al
pericardio hiriendo la aurícula derecha del corazón. La sangre que brotó
provenía de dicha aurícula, y el agua del pericardio y la pleura.
Aclarados estos puntos sobre la imagen
del Cristo en el Santo Entierro, volvamos a la realidad de la Hermandad y de
todos aquellos cuantos soportan la responsabilidad de su mantenimiento y la
recuperación de su esplendor.
En este sentido, hay que agradecer a
los últimos Hermanos Mayores, Fernando Tejero y Conchi Perea el valor y la
dedicación demostrada por mantener e impulsar con ilusión y energía esta
Hermandad, así como, estamos seguros, la preocupación por que el Santo Entierro
vuelva a contar pronto con costaleros jóvenes, implicados y con el suficiente
fervor como para hacer de su compromiso un auténtico modo de vida. Y también es
momento finalmente de destacar a todos cuantos han hecho de esta imagen la
razón de ser de su vida cofrade, a los pioneros, a aquellas familias altruistas
y generosas ya citadas, a los párrocos sobre cuyos hombres ha recaído durante
mucho tiempo la responsabilidad y titularidad de nuestro Yacente, a los Hermanos
Mayores y miembros de las Juntas de Gobierno, a los ayudantes, camareras,
muñidores, penitentes, y a todos cuantos hacen de esta estación de penitencia
un verdadero acto de amor y de fe a Nuestro Señor. Y también es momento
especial de recordar a todos aquellos que se fueron con Él dejando una impronta
de fervor y un ejemplo cofrade que deben servir de luz y guía a todos los
demás. Y permitidme que, entre ellos, y en nombre de todos ellos, cite a Pedro
Antonio ……….., que no sólo como costalero y miembro de la Junta de Gobierno,
sino en todas cuantas tareas se implicó, dejó una impronta de fervor y sentimiento
cristiano y cofrade imborrables en la memoria de todos.
Esperemos que algún día, pronto, el
Santo Entierro pueda volver a procesionar con el roce de las zapatillas de los
costaleros rasgando en el suelo su peculiar silencio, poniendo así un énfasis
sobrecogedor al característico morado de sus flores de iris y el encarnado y
vistoso de las gerberas y astromelias
que lo adornan. Así sea.
Muchísimas
gracias.
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