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PEÑARROYA-PUEBLONUEVO
PREGÓN POR EL LXXV ANIVERSARIO DE LA LLEGADA A PEÑARROYA –PUEBLONUEVO Y DE LA EXALTACIÓN DE NUESTRO PADRE YACENTE EN SU SANTO ENTIERRO
Publicado el 26 de Noviembre de 2013, Martes

Lourdes Paredes Cuellas

Peñarroya-Pueblonuevo - Sociedad -

Pregonero: Alberto Díaz-Villaseñor Cabrera

Peñarroya-Pueblonuevo, al anochecer del 23 de noviembre del año del Señor de 2013

 

Querido Sr. Vicario Episcopal, Sacerdotes, estimadas autoridades, miembros de Guardia Civil, Hermanos Mayores, Hermanos, y todos cuanto viven y dan brillantez al mundo cofradiero local, Hermanos todos, señoras y señores:

La Hermandad y Cofradía del Santo Entierro y de Nuestra Señora de los Dolores de la parroquia de Santa Bárbara se encuentra en un momento glorioso por la celebración de una serie de actos religiosos y cofrades centrados en la Exaltación del Santo Entierro, nuestro Padre Yacente, con motivo de su llegada, hace 75 años, a nuestra querida ciudad.

He de agradecer que la Hermandad haya pensado en mí, de forma totalmente inmerecida, en tan altísimo momento histórico, tanto por el honor que ello me supone como por cuanto con toda seguridad hay Hermanos de mayor merecimiento y conocimientos para dirigirles a ustedes este pregón. Es por ello que la responsabilidad que se me otorga es mayor y me obliga, con mucho gusto, a dar de mí y de mi compromiso de fe cristiana, lo mejor en estos momentos.

También he de agradecer a Manuel Enrique Sánchez Porras, mi presentador, sus palabras, que constituyen un magnífico Pregón en sí mismas, y las cariñosas palabras que me ha dedicado, tanto más valiosas y queridas por cuanto proceden de un hombre experimentado, valiente, trabajado, enamorado y comprometido con el movimiento cofrade de Peñarroya-Pueblonuevo y con su espíritu cristiano. En muchas ocasiones hemos colaborado ambos en otros mundos y actividades sociales, no sé si más duros pero sí extremadamente complicados, relacionados con la información y el proceloso pasado reciente de nuestra localidad. Este contacto frecuente y altruista creo que nos ha convertido en amigos con cierta complicidad de esas que no es necesario explicar cuando se trata de colaborar en lo que sea en favor de nuestra ciudad. Gracias de nuevo y siempre, Manuel Enrique.

He de confesar que cuando Conchi Perea, la Hermana Mayor de la Hermandad, me propuso pronunciar este pregón me sentí extremadamente inquieto. Cuando, al rato de estar hablando, le concedí mi, permitidme que lo diga en términos neotestamentarios, “fiat”, o sea “hágase”, o “de acuerdo”, fui inmediatamente consciente del peso que aceptaba. Estuve luego días, semanas, intentando dar forma a esta alocución, pero sin mucho éxito. A pesar de estar acostumbrado a escribir, a pesar de haber hecho de la lectura y la escritura mi profesión y mi vocación, a pesar de la experiencia de años en el manejo de las ideas y de su plasmación al papel, me resultaba muy difícil culminar mi encargo. Entonces pensé, como nos enseña Jesucristo, que debía ser simple, humilde, que no tenía por qué verter en un escrito grandes palabras ni conceptos, sino que debía volver a ser el niño que fui y que siempre se admiraba de nuestra Semana Santa. Y entonces cogí viejos álbumes de fotos, y allí, la primera  de todas, había una, en blanco y negro, que mostraba a un Santo Entierro en plena calle, a ruedas, con un párroco, Don Diego Ajenjo Bejarano, tan querido para mi generación, con aquellas gafas oscuras que, de día y de noche, formaban parte de su personalidad. Y caí en la cuenta de que antes de sentir la fascinación por las letras, sentí la atracción de las imágenes, que debía transformarme de nuevo en aquel muchacho que con una aparatosa máquina TTL de doble objetivo, desde los quince años sacaba fotos con una fruición respetuosa, admirada y vocacional, de nuestras imágenes y pasos en la calle. Y así lo hice, y de ésa y otras imágenes que examiné con veneración después fue constituyéndose la idea de este rendido homenaje a nuestro Santo Entierro.

También me era necesario, o, mejor dicho, fundamental, destacar los aspectos históricos de la imagen del Yacente. Para ello me ha sido imprescindible la información que de primera mano me proporcionó Josefina Sánchez de Mora Cortés, cuya familia se encuentra en el origen de la presencia hoy entre nosotros de nuestro Padre Yacente en su urna de cristal y madera del Santo Entierro, así como la que me ha facilitado Manuel Enrique en nuestras conversaciones. También examiné viejos escritos de otros Hermanos cofrades de acendrada voluntad documentalista, algunos de ellos a libre disposición en la red, como los de ese incansable polígrafo que es nuestro querido Adalberto García-Donas, y otras pistas más que me han aportado luz sobre la Historia de la imagen, ya que muchas veces los recuerdos están algo difuminados.

De esta manera, a pesar de las dificultades que imponía la memoria y la falta de una documentación exhaustiva y fiable, sí he llegado a saber que fue cuando estaba próxima a finalizar la guerra civil (varias fuentes apuntan a 1938) o inmediatamente después de ésta, cuando los hijos de Zoilo Gallego, minero de nuestra ciudad, quisieron donar a la parroquia una imagen de Santa Bárbara, encontrándose con que se les había adelantado en este amoroso gesto otra familia diferente. Entonces, Juan y Macelina Gallego Sánchez y Juan de Dios Cortés Payá, abuelos de nuestra querida amiga Josefina Sánchez de Mora, ya citada, se decidieron a hacer lo posible para que la parroquia contara con un Cristo Yacente. Para ello se dirigieron a un taller de imaginería de Sevilla, concretamente el de Amadeo Ríos Olmo, de acreditado prestigio, que elaboró una realista imagen, muy limpia de formas, en escayola de una sola pieza. Realizado el hermoso trabajo, las familias se llevaron, no obstante, cierto disgusto al ver que la imagen era más pequeña de la que encargaron o de lo que, por lo menos esperaban, pero la aceptaron y recibieron con amor y una enorme responsabilidad. En cuanto a la urna, fue ejecutada por un carpintero de nuestra localidad cuyo nombre ha caído en el olvido pero que al parecer tenía su taller en la calle de la Montera, hoy de José María Pemán, quien también habría realizado las andas blancas.

Cuánta razón tiene Josefina cuando me decía: ¡Qué pena no haber hecho caso a nuestra madre cuando siempre nos recomendaba que escribiéramos la historia del Santo Entierro y la depositáramos bajo la imagen, así nunca se habría olvidado y la conoceríamos en todos sus detalles de primera mano! Sí, tenía razón su madre, pero no desdeñemos el aspecto romántico que se desprende también de las leyendas cuando la historia no está clara, de los aportes confusos, reales o no, de las personas; y, sobre todo, valoremos el hecho incuestionable de la presencia de nuestro Yacente entre nosotros desde hace 75 años, independientemente de su trayectoria vital que lo sitúa hoy donde lo contemplamos y veneramos.

En aquellos primeros años, el Santo Entierro era adornado con las flores que los jóvenes iban recolectando de la buena voluntad de los propietarios de los chalés del barrio de los Jardines. El fruto de esa hermosa y generosa colecta era preparado y aderezado en la propia casa de la madre de Josefina, y más tarde en el patio de su tío Andrés Cortés, mientras que las andas se guardaban en el local de Tabacalera que estaba al cargo de Juan Gallego. En aquellos tiempos iniciales, el paso era portado a hombros por miembros de estas familias. Fueron tiempos en que aún no existía la Hermandad bajo su advocación, la imagen pertenecía a la parroquia de Santa Bárbara. Más tarde, en 1958, se consiguen los estatutos canónicos y se constituye la Hermandad del Santo Entierro, siendo elegido Hermano Mayor el propio Juan Gallego, y adhiriéndose a la misma numerosas familias devotas de nuestra ciudad.

Con el paso del tiempo se encargó un nuevo paso más grande con ruedas, al parecer a los Hermanos Salamanca de Pozoblanco, compuesto básicamente por cuatro tablones de madera y tela metálica como la de una mosquitera para formar la canastilla, en cuanto a la canastilla original, fue usada como peana de la Urna y colocada para que quedara más alta. Es de destacar que, al ganar altura, el Yacente corría el riesgo de no ser visto por los fieles desde abajo, por lo cual se ideó un sistema, oculto entre los lienzos de raso, que lo eleva un poco y además lo sujeta para evitar el bamboleo propio durante la procesión. Las túnicas negras con las golas cervantinas que hoy llevan los pequeños que acompañan al paso fueron inicialmente vestidas por los mayores, y se inspiraron en las que llevaban los Caballeros del Santo Sepulcro de Córdoba, capas de grueso raso segoviano estampadas con las cruces de Jerusalén, complementadas con la gola cervantina y la vara de autoridad, recreando así un vistoso modo de mostrarse muy del gusto del Siglo de Oro. Tras finalizar cada Semana Santa, las andas se guardaban hasta el año siguiente en la cochera del farmacéutico Manuel Berenjena.

Aquella esperanzada grandeza inicial se vino un poco abajo con el tiempo, la Hermandad desapareció y la parroquia volvió a asumir la custodia de la imagen y la responsabilidad de su procesión. Fueron años sin penitentes o con muy pocos, los más mayores empujaban el paso de ruedas, pero después de cruzar la calle Virgen del Carmen los jóvenes echaban una mano arrimando el hombro para salvar el duro ascenso de la cuesta de la calle Olózaga. Entre mis recuerdos infantiles guardo la imagen de padres de amigos, como Daniel Cerrillo Sánchez, Ramón Hernández Guindo y Zacarías Tejedor, entre otros, entre aquellos esforzados y comprometidos señores para con el santo Entierro.

En 1976 asume el cargo de Hermana Mayor de la Hermandad de la Virgen de los Dolores Angelines López Matarán. Tras nuevas vicisitudes, dicha Hermandad asume también el paso del Santo Entierro en 1993, como no podía ser de otra manera dada su simbología y advocación. Un año antes, en 1992, tras la restauración del paso, el párroco Don Antonio Jurado Torrero decidió que había llegado el momento de revitalizar esta estación de penitencia y de que dejara las ruedas; entonces salió a hombros portada por la cuadrilla de Nuestra Señora de la Amargura sobre unas parihuelas realizadas por Higinio Muñoz. Y al año siguiente, en aquel 1993, ya asumido por la Hermandad de los Dolores, y de acuerdo con el párroco, se constituye una cuadrilla compuesta por 24 costaleros muy jóvenes dirigidos por nuestro querido Manuel Enrique Sánchez Porras como capataz, mientras que la Virgen era llevada a hombros por mujeres capitaneadas por José Fernández. En este sentido, Manuel Enrique me decía hace poco que en aquella primera cuadrilla de 24 costaleros los había que mentían sobre su edad para poder salir, ya que algunos sólo contaban con 14 ó 15 años de edad. La verdad es que se hizo un gran trabajo con ellos no sólo para enseñarles a andar en el modo y manera que exige un paso solemne como éste, sino en la concienciación sobre la seriedad y el sentido religioso que caracteriza especialmente al Santo Entierro.

El Yacente, con su joven cuadrilla y con un Manuel Enrique Sánchez Porras que se estrenaba como capataz, fue la primera que se atrevió a subir al barrio del Cerro a costal por la calle República Argentina, y no sólo se atrevió a subir, sino que tuvo el valor de acometer una bajada que ya se sabe que es mucho peor cuando se lleva tato peso; pero el éxito experimentado tras la hazaña hizo ver a los ilusionados hombres y mujeres del mundo cofrade local que aquello no sólo era posible sino que podía ser llevado a cabo por otros pasos más voluminosos y pesados con el entrenamiento y la motivación adecuados. Aquella cuadrilla del Santo Entierro se convirtió también en un grupo de amigos, y fue la primera en protagonizar además, a nivel local, en aquel 1993, los primeros relevos.

En 1995 la Hermandad estrenará su Simpecado, realizado por Pepi Cortés Navas. En 1999 deja el cargo de Hermana Mayor (en funciones le gusta a ella decir) en el cual había permanecido durante más de veinte años, desde 1976, Angelines López Matarán, quien ha llevado con santa resignación y arduo trabajo, en comunidad con su esforzado equipo y Junta de Gobierno, y con la ilusión de costaleros y costaleras, la trascendental misión de apuntalar el esplendor recuperado con tantas dificultades.

En el año 2000 fue nombrada una nueva Junta gestora con José María Cuesta Villarreal al frente. Poco después, sobre el 2002, y tras diez años de dedicación, Manuel Enrique fue relevado como capataz tras una trayectoria culminada con su característico fervor e implicación, y cabe reseñarse la anécdota de que en aquel año fue aceptado como costalero uno de aquellos trabajadores italianos que entonces vivían entre nosotros mientras duró la construcción del gasoducto que atraviesa nuestra comarca. Sucedió a Manuel Enrique como capataz Fernando Guerrero Litón, y después otros voluntariosos hermanos que estuvieron en dicho puesto generalmente poco tiempo. A continuación, desde hace unos cinco años, una vez deshecha la cuadrilla y sin encontrar sustitutos, la sagrada Urna ha tenido que volver a las ruedas, en un proceso que esperemos no dure mucho más tiempo y que pueda volver a encontrar una fuerza joven y generosa que lleve de nuevo el paso a costal. Actualmente, los pocos que quedaron del grupo del Santo Entierro se encuadraron en la cuadrilla mixta de la Virgen de los Dolores, y no descartan volver a sus orígenes en el momento en que sea posible con un equipo suficiente. Sobre la originalidad de esa cuadrilla mixta, destacar que es la primera que se constituyó en el mundo cofrade, con ese carácter mixto, con la aquiescencia y el apoyo del párroco Don Jesús Perea Merina.

En 2005 el Santo Entierro estrenó nuevos respiraderos y la restauración de la canastilla, trabajos realizados por personas cercanas al paso, entre ellos algunos costaleros. Al paso, porque no tenía incensario, le donó uno en su momento Lourdes Sánchez de Mora, hermana de Josefina, un artístico incensario de plata de manufactura cordobesa. Lourdes preparó también la cestilla del incienso y se sigue ocupando todos los años para que no le falte el sagrado elemento.

Vista esta trayectoria interesante y ejemplificadora del Santo Entierro en Peñarroya-Pueblonuevo, permitidme que me refiera de nuevo a algo de lo que apunté en el principio, es decir, a cómo un niño de quince años, ya atrapado y rendido por la afición de lo estético, de las imágenes y de todos los aspectos compositivos, semióticos e icónicos que dan carta de naturaleza a cualquier mensaje fotográfico, contemplaba aquella imagen del Cristo en su santa Urna, aquel Santo Entierro tan adusto y terrible, pero a la vez tan impregnado de amor y Redención. Cuando, cargado con mi cámara, he asistido al paso de las estaciones de penitencia de Peñarroya-Pueblonuevo, he constatado la magnificencia estética de las imágenes, la trascendencia de su mensaje, la importancia del significado que transmiten. Y centrándonos en el Santo Entierro, siempre me ha desasosegado –creo que como a todos los niños- la expresión de la muerte en el rostro de Dios. Con los años y la profundización en el sentido religioso de la iconografía católica, uno va siendo capaz de desprender el polvo de la paja, de desbrozar la maleza de lo aparente, y por fin aprende el infinito y fantástico mensaje de la muerte de Cristo, una muerte que no es muerte porque no es otra cosa que la condición previa y necesaria de la Resurrección, de esa redención y triunfo sobre el pecado y el exterminio que supone el dogma de la Resurrección y la Vida.

Nada, ninguna imagen, ninguna representación de Cristo, por lo tanto, más adecuada para resumir el misterio de nuestra fe que ésta del Santo Entierro, donde un Yacente torturado se nos muestra en toda la expresión del dolor sereno tras el sufrimiento y nos anuncia el verdadero reposo, el de la Vida en la Gloria del Señor.

Desde siempre me intrigaron algunos misterios relacionados con la imagen del Cristo de las estaciones de penitencia. ¿Por qué la llaga de la lanzada del centurión Longinos se encontraba en el lado derecho y no en el izquierdo del santo costado? ¿Por qué la cabeza siempre reposa inclinada sobre el lado derecho del Cristo? ¿Por qué las llagas de las manos se encuentran en las palmas y no en las muñecas?

Fue, creo, cuando tenía 16 años, en 1975, cuando el sacerdote que nos impartía Religión en el Instituto, Don Pedro Fernández Olmo, nos aconsejó que leyéramos el libro “El retrato de Cristo”, publicado por el Padre benedictino José Luis Carreño en 1968. Aquel libro sobre la demostración de la autenticidad de la Sábana Santa de Turín, conocida también por el término griego “Síndone”, supuso para mí todo un descubrimiento de fe y un inaudito refuerzo de las creencias religiosas que, como cualquier niño, había recibido desde la cuna. Allí se encontraban todas las respuestas, todas las aclaraciones a las dudas y, sobre todo, todas las explicaciones necesarias, no desde un punto de vista dogmático o de fe sino científico, lo cual, para cualquier adolescente que se hace muchas preguntas, supone una garantía de credibilidad y verosimilitud.

En aquel libro aprendí que las manos de los crucificados no eran atravesadas por las palmas sino por las muñecas, pero que en la imaginería religiosa a partir del medioevo, quizás por desconocimiento médico de aquella técnica de tortura, se popularizó el poner las llagas en las manos. Nuestro Santo Entierro así las representa, recogiendo con ello la más antigua tradición imaginera. Pero la Sábana Santa de Turín representa al Crucificado con las llagas de los clavos en las muñecas puesto que anatómicamente está demostrado que un cuerpo que fuera clavado por las palmas, éstas acabarían desgarrándose por el peso del cuerpo. Por ello, los romanos clavaban a los condenados por las muñecas, donde existe un sistema de huesos suficientemente resistente, y se daba el caso, además, de que, en ocasiones, si el reo se caía, era también amarrado por los brazos.

En aquel libro aprendí, asistiendo al análisis exhaustivo del Santo Sudario, todo sobre la lanzada del centurión o del soldado romano que la tradición cristiana recuerda con el nombre de Longinos de Cesarea, y que fue canonizado santo por cuanto, según la misma tradición, fue el que exclamó “En verdad éste era el Hijo de Dios” tras asistir a los prodigios naturales que se desencadenaron cuando Cristo expiró, y que luego se convertiría al Cristianismo. Aprendí que en la Sábana Santa la mancha de sangre del costado se encuentra en el lado izquierdo, porque, lógicamente, como envolvía el cuerpo, la herida quedó impregnó el lienzo en el lado contrario, el izquierdo. Esto demuestra que la lanzada fue efectuada contra el costado derecho, tras lo cual el cuerpo del crucificado produjo una efusión de sangre y agua al haber atravesado la pleura congestionada por el sufrimiento que rodea el pulmón. Con ello, se cumplía la profecía de que no se le quebraría ningún hueso y se identificaba a Cristo con el Cordero de Dios. Y permitidme que me detenga un instante en estas circunstancias porque en ellas creo que se encuentra todo el Misterio de la profecía de la venida del Hijo del Hombre y la demostración, de paso, de que la Sábana Santa es la verdadera del Crucificado y de que nuestro Yacente, en esto, sí es fiel a la tradición.

Resulta que en la Pascua Judía los fieles debían comer un cordero sacrificado al que no se le debía romper ningún hueso. Luego, las profecías, enseñaban que Jesucristo sería inmolado por la salvación de los hombres igual que se inmolaba al cordero pascual, muerto y desangrado sin quebrarle ningún hueso. Y así ocurrió. El soldado romano, creyendo que Cristo ya había expirado, o para asegurarse de que, en efecto, había expirado, efectuó su lanzada contra el pecho del Señor. Porque lo corriente era que a los condenados, para provocarle la muerte si ésta se alargaba en exceso, se les rompieran con una maza los huesos de las piernas con objeto de que no pudieran apoyarse para levantar el tronco para respirar, y así acababan muriendo asfixiados.

Dicen los textos sagrados “Vidi aquam egredientem de templo a latera desxtro, alleluia, et omnes ad quos pervenit aqua ista salvi facti sunt” (Vi agua fluyendo del lado derecho del templo –el Cuerpo de Cristo-, aleluya, y todos aquellos a quienes llegaba el agua fueron salvados y dirán Aleluya, Aleluya).

Ni los evangelios canónicos, autorizados por la Iglesia en el Concilio de Nicea en el año 325, ni los apócrifos, esclarecen en qué costado recibió Jesucristo la lanzada (sólo lo prueba de modo irrefutable de la Sábana Santa). Pero en la iconografía tradicional, la escena de la crucifixión siempre la muestra en el costado derecho. Ya los antiguos libros iluminados del Medioevo marcaron la tradición de la que no se apartó el arte religioso posterior durante el renacimiento o el Barroco. Antes de esa fecha es inútil buscar indicios porque hasta el año 680, fecha del Santo Sínodo de Constantinopla, no se representaba a Cristo crucificado sino en forma de Cordero Pascual por los motivos que he expuesto anteriormente.

Según los informes médicos y anatómicos que he consultado, hay varias explicaciones para que de la herida saliera sangre mezclada con agua, pero lo que está claro es que estamos hablando de una herida que se ha producido en una persona que ya está muerta. Si hubiera estado viva, evidentemente hubiera arrojado mucha más sangre de la que se muestra en la Sábana Santa, y además esa herida habría tendido a abrirse por el movimiento, pero no ocurrió así, se quedó con la misma forma de la hoja de la lanza; y ello coincide con lo que nos cuentan los Evangelios sobre la muerte de Jesús.

Lo que llama poderosamente la atención es que en la Sábana la herida es exactamente igual que la que le daría un soldado romano profesional. Estaba dada por el lado derecho y efectuada, como también aparece en la escultura romana llamada “El galo moribundo” que se conserva en el Vaticano, en el espacio intercostal entre la quinta y la sexta costilla, algo que los soldados sabían que producía la muerte automática del enemigo. ¿Y por qué en el lado derecho? Otra prueba más, porque el enemigo se cubría con ele scudo cogido con el brazo izquierdo y dejaban más espacio libre en su costado derecho, y es a dar la lanzada ahí a los que estaban acostumbrados los legionarios profesionales. El resto, es conocido: la lanza atravesó el pecho por el quinto espacio intercostal, atravesó una pleura congestionada de líquido por los hematomas y sufrimientos, y llegó al pericardio hiriendo la aurícula derecha del corazón. La sangre que brotó provenía de dicha aurícula, y el agua del pericardio y la pleura.

Aclarados estos puntos sobre la imagen del Cristo en el Santo Entierro, volvamos a la realidad de la Hermandad y de todos aquellos cuantos soportan la responsabilidad de su mantenimiento y la recuperación de su esplendor.

En este sentido, hay que agradecer a los últimos Hermanos Mayores, Fernando Tejero y Conchi Perea el valor y la dedicación demostrada por mantener e impulsar con ilusión y energía esta Hermandad, así como, estamos seguros, la preocupación por que el Santo Entierro vuelva a contar pronto con costaleros jóvenes, implicados y con el suficiente fervor como para hacer de su compromiso un auténtico modo de vida. Y también es momento finalmente de destacar a todos cuantos han hecho de esta imagen la razón de ser de su vida cofrade, a los pioneros, a aquellas familias altruistas y generosas ya citadas, a los párrocos sobre cuyos hombres ha recaído durante mucho tiempo la responsabilidad y titularidad de nuestro Yacente, a los Hermanos Mayores y miembros de las Juntas de Gobierno, a los ayudantes, camareras, muñidores, penitentes, y a todos cuantos hacen de esta estación de penitencia un verdadero acto de amor y de fe a Nuestro Señor. Y también es momento especial de recordar a todos aquellos que se fueron con Él dejando una impronta de fervor y un ejemplo cofrade que deben servir de luz y guía a todos los demás. Y permitidme que, entre ellos, y en nombre de todos ellos, cite a Pedro Antonio ……….., que no sólo como costalero y miembro de la Junta de Gobierno, sino en todas cuantas tareas se implicó, dejó una impronta de fervor y sentimiento cristiano y cofrade imborrables en la memoria de todos.

Esperemos que algún día, pronto, el Santo Entierro pueda volver a procesionar con el roce de las zapatillas de los costaleros rasgando en el suelo su peculiar silencio, poniendo así un énfasis sobrecogedor al característico morado de sus flores de iris y el encarnado y vistoso de  las gerberas y astromelias que lo adornan. Así sea.

 

         Muchísimas gracias.

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