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Cultura
Hoy es Viernes, 20 de Septiembre de 2019
POR J.J. CABALLERO
DESDE EL JERGÓN
Publicado el 16 de Noviembre de 2018, Viernes

Cultura -

No al uniforme. Hay más de una forma de desinformar. Formas informes que deforman a las ya formadas. Cuando todo se confirma todos nos conformamos. Nuestros temores se hicieron realidad y ahora es tarde para ser el último gregario. Tal vez aún haya tiempo de ser el primero. Eso sí, con la malformación como principio y fin. La alienación nos mantiene unidos. También sumisos y expectantes ante el siguiente requerimiento. La hormiga no suele confundir laboriosidad con obediencia y eso jamás la condujo a la locura. En cambio, ante situaciones que pueden conducirnos muy cerca del abismo debemos conservar la cordura suficiente para no reventar nuestras propias costuras. Tal vez las mordazas que nos autoimponemos nos impidan pensar fuera del disfraz de gregario que todos llevamos dentro.

El rostro ceñudo y la cabeza despejada ante la nueva posibilidad de cautiverio. La costumbre no es la herrumbre de cuerpo y alma a la que nos someten, ni las penas con un par de panes han de ser menos panes ni comportar mayor paridad. En el dispensario de la esquina atienden a otro espíritu pobre de recursos que se ahogó en otros espirituosos menesteres cuando menos lo esperaba. Es de discurso parvo, de pocas o nulas palabras, y nunca sabrá de los diversos caminos que conducen a la autodestrucción de la especie. El insecto que todos llevamos dentro es tan infecto que necesitamos sacarlo fuera, de paseo. De parranda. De puertas abiertas de bar en bar. Barras en las que desbarrar. Parras en las que desemparvar. Farras que desempolvar. Y todo esto no lo sabe nadie, y que no lo sepa jamás. Ya es demasiado evidente en nuestras cabezas, en esos apéndices que a veces nos impiden hablar cuando ya poseemos uno que nos permite incluso reproducirnos. Cayeron los bastiones que asolamos con asechanzas diversas. Por algo les advirtieron hace tanto tiempo.

Prefiero entregarme a la molicie devoradora de tiempos que no nos hacen ningún bien. Que lo arreglen otros, que a mí el tráfago supuestamente renovador no hace sino apaciguarme la voluntad y acelerar las ansias de no volver. Dan ganas de redactar un opúsculo liberador y poco inspirado en el que detallar los puntos del orden del día sobre los que hacer hincapié. Hincar los pies y afincar la piel. Brincar por fiel y trincar por cruel. Todos somos todos y en la inacción estará de nuevo la solución. No hay que temer por nadie, menos por mí, porque ya sabemos dónde y cómo hemos de estar atentos. En cada momento puede surgir un requerimiento fresco y mal entendido que nos haga saltar del lecho y existir a regañadientes. Resulta un acto extemporáneo el trocar posiciones con quienes nos hicieron sufrir sus mismas enfermedades. Así de inconscientes somos. Así de eficientes nos mostramos. Aquí de obedientes estamos sobrados. Ahí evidentes signos hay de derrotados.

Menudo dispendio, pensarán. De tiempo, de espacio y de peso. El paso de los nuevos gurús por la vía rápida de una época de locura y malos alimentos no debería ser tenido en cuenta más que para aprender de los errores. Volveremos a cometerlos. Voltearemos a comérnoslos. Volaremos a coserlos. Y nunca será tarde para la ira. Como un mulo amarrado a la puerta de una fiesta jíbara en la que no venden sombreros para asnos. Desasnar no es nuestra guerra, ni desarmar nuestra contienda. Hemos asistido al evento bien peripuestos y con ansias de salir de esta camisa de fuerza que nos encierra con nuestra voluntad como cómplice. Todos tenemos, o deberíamos tener, oficios menestrales con los que cuidarnos de no pertenecer a la misma clase que nos desune. Todos, en consecuencia, actuamos bajo el amparo de normas no escritas, apenas verbalizadas, solo porque el camino estaba ya trazado y algo nos impedía andar. Que alguien vuelva a tirar los dados, por ver si esta vez los puntos aparecen por fin sobre las íes y no en las caras ocultas que nos dan la puntuación no deseada. 

Son solo palos de ciego contra la fachada propia. Vocablos hechos de pura necedad arrojados con saña contra las ventanas de la desolación. Pura rabia por explotar, mera labia por explicar. No se trata de expresarnos como letraheridos, sino de curarnos las heridas con letras de rencor. Ni los libros supieron nunca cómo saldremos de esta, pero siempre hay una primera vez para todo. Incluso para esto.


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