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Cultura
Hoy es Miércoles, 21 de Noviembre de 2018
POR J.J.CABALLERO
DESDE EL JERGÓN
Publicado el 16 de Octubre de 2018, Martes

Cultura -

Hay tantas opciones como puños elevados al aire. Tantas protestas como respuestas vacías. Tantos brazos armados como miembros amputados. Hay tanto por decir y tan poco que contar. Habrá veces en que pidamos la palabra y estas solo reboten contra el muro de los deseos que divisamos cada tarde desde el ventanuco. Ahí habrán ido a parar tantas sentencias como piedras se juntan en la fachada. Debería ser enyesada de nuevo, por cierto, y al techo igual le hace falta otro dedo de pintura. El color es esparcido a discreción y elegido a dispersión. Como un chorro de orina directamente orientado al centro de la tierra, que es a donde irán a parar nuestros residuos. Está claro que esto no conduce a ninguna parte, por mucho que nos empeñemos en jugar a la rayuela por la mañana y contar los metros por la tarde. Aún falta mucho camino para llegar al final.

 

Te topas con tantos rufianes que desearían abjurar de sus prejuicios antes del juicio inicial que deseas seguir su mismo camino, despreciable y único en su infamia. Cada cual tiene la suya, pensarán, y sí, es cierto que al constituirse como individuos todos deberían respetar la condición propia y ajena y no perseverar en el intento de traspasar ciertos límites. Es el reto al resto, el ir del deseo al poseo y del soy al estoy, sin tener en cuenta la conjugación ni el tiempo presente ni pasada. En la gramática de los nuevos tiempos solo se aprecia a los sospechosos que se recluyen en el lazareto de las afueras, y se les acentúa con la inútil condición de portadores de la verdad relativa. Que todo es perecedero y nada es suficiente, que de eso ya tuvimos bastante y de lo otro aún no sabemos lo que debemos saber. Conjurar los demonios y perjurar los pecados. Confabular los destinos y prefabricar las preguntas. Conchabar los estragos y perpetuar las penitencias.

 

La perseverancia es la madre de la postciencia, de existir tal aberración. Cualquier filosofía se queda corta en un momento en que no necesitamos más explicaciones que las que hay, que es lo mismo que no tener nada. No llegaremos a posconciliar la nueva doctrina que nos salvará sin darnos cuenta, o por el contrario nos expandirá aún más por el mundo no soñado. La vida en todas sus formas pertenecería entonces a criminales ciclotímicos, entes de guante blanco y taimadas intenciones para con su especie, que se relamen y frotan la frente antes que las manos. Alteran las condiciones, sospechan de las contradicciones y apresuran las contracciones. Es parte de un parto aparte que comparte sus partes apartado de otras. Otras que son las mismas sin ser consciente de serlo. Saben que no sabemos. Se aprovechan de los aprovechados. Se ríen de nuestra sonrisa. Vuelven por donde vinieron sin haberse ido ni un solo minuto. Se inclinan sin pedir permiso. Nunca sucumben.

 

Son los prohombres del viejo mundo, los corsarios que no encuentran rival a su altura, los dueños de la fortaleza inexpugnable que avizoran un futuro blanco de picos y hoces, sin martillos ni guadañas. A la tarea remitiremos los mejores esfuerzos y a la pedrea remataremos los mayores refuerzos. Nadie está ya al acecho de nadie, porque nada es menos que nada y a veces se confunden deseo e intención. Si me das un arma aprenderé a disparar. Si me niegas el pan te vomitaré la sal. Si conoces mi nombre no lo digas en voz alta. Si descubres lo que puedo hacer prometo no hacerlo jamás. Actúo bajo los auspicios de un patrocinador desconocido y enaltezco a quienes pagaron mi batalla. Es una pena que no sepa el camino de vuelta. Parece que lo que nos han contado hasta ahora es una filfa, una birria de cuento con final feliz que muchos no creeríamos ni aunque volviésemos a tener infancia. Son idiotas si regresan para intentarlo, si sangran por nuestra culpa, si cometen nuevos crímenes que no puedan borrar en su expediente. Idiotas e inconscientes. Simples esbirros de su propia frustración.

 

Las líneas que leen no son sino el palimpsesto de una desesperación legítima, labrada en el éxito de algo aún por llegar, redactadas bajo los dictados de una concubina, odalisca ilegítima de un imperio sin herederos ni corte conocida. Quizá, solo quizá, unos pocos quieran desenmascararme y volar por los aires esta cabaña de huesos y ramas secas construida a modo de refugio de mí mismo, desde cuyo jergón imagino que aún queda algo en que creer.


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