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Opinión
Hoy es Viernes, 19 de Octubre de 2018
POR ANTONIO MARTÍN
LA MONARQUÍA, UN FETICHISMO
Publicado el 20 de Agosto de 2018, Lunes

Opinión -

Nada como un zapato de tacón rojo para que el deseo sexual se expanda. Como ya sabemos,  los objetos pueden resultar excitantes para muchas personas, porque proyectan una imagen mental del cuerpo de la persona, sin embargo, para el fetichista, en cambio, el objeto es realmente mucho más excitante que la persona en sí. En lo más íntimo de nuestro yo, algo se conecta con el objeto, no como una metáfora, sino como un dato objetivo. Pero además, creo que también existe el fetichismo en las palabras.

Por ejemplo, en las palabras grandilocuentes, y sobre todo cuando lo ves adornando los mensajes en redes sociales, que actúan como catalizadores para las mentes fetichistas. Decimos "constitución", "democracia", "rey emérito", "inviolabilidad", "monarquía" y se nos cae la baba como al fetichista cuando atrapa un taconazo de 10 cm. El artículo 56.3 establece que la persona del Rey es inviolable y no está sujeta a responsabilidad. Y la excitación comienza: un rubor inicial que no requiere caricia alguna, incluso que aumenta con el desdén y las estiradas imágenes que proyecta la realeza sobre sus súbditos, una sensación de peligro, de nocturnidad y silencio y el empoderamiento de tener esa palabra entre los labios resecos: rey, monarquía, España, Constitución… ¡Oh cuánta excitación, qué placer tener una palabra así  entre los labios!

Sin embargo, ya ha llegado el momento de pasar a la acción. En el fetichista hay un reprimido, si me lo permiten, que prefiere los sucedáneos a la verdadera realidad. Un lingüista incapaz de reconocer con fe las erratas. Allí dónde se dice inviolabilidad se dice privilegio; donde se dice monarquía, se dice continuismo franquista, etc. Dejémonos de adorar zapatos, dejémonos de palabras grandilocuentes que nos impiden un cambio material para transformar una realidad tan injusta. Cristina de Borbón ya ha dicho que no volverá a España, al resto podemos dejarlos aquí, pero sin privilegios e investigando el origen de su fortuna descomunal. Será entonces cuando de verdad la baba se nos caiga y comprendamos el tamaño real del tacón. El rojo siempre me gustó, por cierto. 

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