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Opinión
Hoy es Jueves, 13 de Diciembre de 2018
POR FÉLIX SUÁREZ
ESFUERZO, SUDOR Y LÁGRIMAS
Publicado el 16 de Julio de 2018, Lunes

Opinión -

Son las tres cosas que quien oposita sabe de las que no se libra. Cada dos años -si no resuena por ahí la tan temida palabra "austeridad"- las administraciones educativas regionales tienen a bien convocar oposiciones a los cuerpos docentes de secundaria. 

Miles de personas se congregan, tras notable esfuerzo personal la mayoría, con el fin de escapar de la tan temida precariedad o el más temido aún desempleo, amén de lo principal: aportar un trabajo valioso a la sociedad. No es una experiencia agradable, aunque haya quien diga que más aún lo es estar en un andamio. No niego, ni nunca  he negado, el gran mérito del trabajo manual: aguantar clientes o clientas en un bar o en una tienda tiene lo suyo, sudar la gota gorda en la construcción, la obra pública o el campo tampoco es que sea un placer de los dioses. No obstante, quienes no han pasado por un proceso de oposición no saben lo que de esfuerzo mental y de desgaste psicológico y físico conlleva.

A pesar de haberte pasado cinco años en una facultad universitaria, cuando sales, no vas ni mínimamente preparado para una prueba de este tipo. Te faltan conocimientos por todas partes (carencias de la universidad en España que no te suele preparar para el mundo laboral, si no meramente como investigador), tienes que hacer un máster en docencia (caro para los bolsillos menos pudientes), después tienes que completar tu formación por tu cuenta, primero pagando un preparador y después buscando información que complemente unos temarios que no te sirven para hacer las partes prácticas de un examen porque se quedan cortos a todas luces. Pero ahí no termina el asunto, hay más. 

Si da la casualidad de que la especialidad a la que opositas implica dar varias materias, no te queda otra que convertirte en un Leonardo Da Vinci del siglo XXI y aprender por tu cuenta el equivalente a otras carreras y, ya que la administración educativa considera que no sólo los nuevos alumnos de secundaria han de hablar bien su propio idioma, sino que deben dominar lenguas de otros lares, ponte a estudiar lenguas extranjeras para cubrir esa nueva demanda. 

Y todo pagado de tu bolsillo, normalmente mermado o por las bajas nóminas de hoy o por estar directamente parado. Esto conlleva un esfuerzo de años que pocas mentes y, sobre todo, pocas economías pueden aguantar. 

Por tanto, damas y caballeros, cuando llegan los días de los exámenes (porque hay dos: en el primero has de demostrar que eres un erudito y en el segundo que eres un hacha transmitiendo valores, técnicas y conocimientos a la juventud del país) estás ya agotado psicológicamente por la tensión, dolorido por tantas horas sentado, con la vista cansada y dolorida de tantas horas de flexo, mal dormido y mal descansado de 12 horas de estudio diarias y, encima, con la incertidumbre de si tanto esfuerzo y sacrificio servirá de algo, porque hasta que no te ves delante del examen y del tribunal examinador no tienes ni idea de lo que te espera.

Ya ven ustedes lo que la enseñanza pública exige. Sin embargo el prestigio (y los conciertos económicos con dinero público) se lo lleva la privada, donde los criterios de selección no son ni mucho menos tan rigurosos, es más, se rigen por los habituales de la empresa privada, y quien sepa cómo van las entrevistas de trabajo y las relaciones sociales en este país ya se puede imaginar de qué va el tema. Pero es la enseñanza pública la que se lleva las críticas, la que sufre recortes, la que tiene falta de medios materiales y, sobre todo, de personal, máxime teniendo en cuenta lo que hoy la sociedad le exige: ya no consiste en largar la lección, hoy tiene que enseñar valores sociales, atender en una misma aula a alumnos o alumnas con discapacidades y problemas de aprendizaje para facilitar su integración social, hacer frente a  problemas de conducta como el acoso escolar (a alumnos y profesores) y todo ello con la mitad del personal docente y de apoyo que sería necesario. Después nos sorprendemos desagradablemente de los resultados de los informes de calidad en enseñanza como el famoso informe PISA. Lo que deberíamos sorprendernos es de que, con los limitados medios con los que se cuenta, no sean peores. No hace falta el MIR educativo, no hacen falta nuevas leyes (que en 26 años llevamos cuatro distintas), no se dejen engañar por políticos que quieren justificar su salario (con legislaciones dotadas de presupuestos insuficientes para los objetivos que plantean) y reclamen más medios para la enseñanza pública, sobre todo en personal, porque sabido es que países que están en los primeros puestos en calidad educativa -y bienestar social y económico por tener una población mejor formada- no hacen veinte mil leyes si no que, como Finlandia, en vez de tener 25 alumnos y alumnas por aula, tienen 12. 

Y dicho esto queridos lectores/as, cuando vayan a una entrevista de tutoría por sus hijos, por favor, no descarguen las culpas de los problemas que en materia educativa puedan tener sus hijos e hijas sobre la figura del docente, si no lo contrario: procuren hacerle más caso a lo que él o ella les va a contar y recomendar, son gente preparada y consagrada a su profesión, tal cual lo son los profesionales de la medicina pública -cuyas recomendaciones se toman en serio- porque, como ellos, llegar a donde están les ha costado esfuerzo, sudor y lágrimas.

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