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Cultura
Hoy es Martes, 24 de Abril de 2018
POR J.J. CABALLERO
DESDE EL JERGÓN
Publicado el 14 de Febrero de 2018, Miércoles

Cultura -

El poder del capitalismo puede ser resistido y cambiado por los seres humanos. Sobre todo por nosotros, y solo con el arte de la palabra. Malbaratando lo que se publica e invirtiendo el proceso de respuestas y preguntas puede obtenernos un bellísimo premio llamado libertad. Absoluta y radiante libertad. Esta vez hemos empezado por el tejado para llegar a construir la casa desde sus mismos cimientos. Acudir a la comunidad del bosque debería otorgarnos el nuevo credo que necesita nuestra gastada imaginación. No hay influencia que no se pague. No hay indecencia que no se apague. No hay flatulencia que no se halague. Sí hay mucho escritor con pseudónimo impronunciable que se empeña en que le tratemos de usted. Él puede tutearnos como y cuando le venga en gana, en cambio.

Encomendémonos al triduo de nuestros mejores deseos y hagamos venir nuevos títulos para el engaño colectivo. En los titulares de prensa se disfraza la verdad oficial, la versión pura e inmaculada del nuevo deceso de la voluntad. Se hablan idiomas desconocidos en la vieja Torre de Babel para que no se llegue nunca a ningún acuerdo. Desde arriba, en la azotea de la decepción, ojos opalinos observan la algarabía de todos los que van a trabajar con miradas perdidas y vicios cansados. No hay prisa por llegar. Disfrazan el futuro y adulteran el pasado, inventos para el día después. Las gargantas satisfechas asoman el gollete para hacer fluir mejor la sangre que no verteremos injustamente. Nada por aquí, nada por allá. Pasar por alto lo alto que pasan las nubes sobre nuestras cabezas. Descabezar los cabos sueltos y soltar los menoscabos sin cabeza. Más de lo mismo, para que nadie acabe sorprendido o incluso algo peor que eso. 

En la resolución vive la revolución, dando un revolcón incluso al más resultón de los aforismos. Imaginemos que vivimos para siempre en medio de una laja mínima y acogedora, a pie de colina y repleta de hortalizas rezumantes. Dentro se respira el aire más frío y puro de este y otros universos, fuera se transpira el odio y la venganza que se acogen a la última brisa marina para justificar su existencia. Se sabe que algo nos estamos perdiendo pero no sabemos el qué. Qué hacer para encontrarlo. Quién acudirá para buscarlo. Cuánto tiempo pasará antes de hallarlo. Cómo haremos para contarlo. No es lo mismo poder que querer. Ni saber que conocer. Antes todo era diferente, la gente no sabía que lo que esperaba no era lo que se podía encontrar; ahora, por contra, se opina libre e impunemente de todo lo que se desconoce y se adquieren expectativas contraídas por error. El resultado acabará en empate, digamos lo que digamos.

La herrumbrosa llave en la que nos complacemos al abrir el viejo almacén nos conduce a un túnel sin salida, otro viejo conocido. En las alcantarillas se escucha una música delicadamente escrita con sombras y olvido. El profeta de la esquina no sabe ni le importa lo que alcanza el dolor. La vida disoluta que dejó atrás le resulta ahora tan ajena como un pingüino en la azotea de un rascacielos. Al cielo con ella. Al suelo con ellos. Al hielo con todos. Al duelo con los otros. Busquen prebendas urgentes y paguen su manutención, no hagan como nosotros y complíquense la existencia bajo el sempiterno manto del juicio colectivo. A quien se le ocurra levantar la mano y dudar de él se le colgará otro cartel de no preguntar, y deberá dormir día y noche con él al cuello. No se les ocurra pensar ni razonar dicho pensamiento, solo conseguirán un gramo más de indignación. Creo que ya hemos tenido bastante. No son necesarios del mismo modo los leguleyos del acatamiento inconsciente, los que hacen de una tarde aciaga una noche ciega de ojos y alma. Perdidos los despertaréis una vez más.

Qué extraños atavíos para un espantajo tan encantador. Irresistible ante nuestras miradas, y pese a quien pese aún en la brecha, con las mechas bien dispuestas y rehechos los arrestos para contraatacar. La explosión les vomitará en la cara toda la verdad y nada más que la verdad, haciendo sentirnos culpables por preocuparnos tanto. Nada es real, ni el barco fantasma que soñamos ayer ni el baile de máscaras al que asistiremos hoy. De noche todas las gatas son pardas y ningún perro se cambia de collar. Solo obedeciendo a lo que hemos de decir y sintiendo la vida al filo de un cuchillo sabremos cuál es el lugar al que siempre pertenecimos. La seguridad total en nuestro propio caldo de cultivo. Lugares comunes, frases hechas, el pitido en nuestros oídos, la parte que queremos ocultar. Mañana será otro día, y no necesariamente mejor.


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