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Opinión
Hoy es Martes, 16 de Octubre de 2018
POR FÉLIX SUÁREZ
VÍSCERAS
Publicado el 14 de Febrero de 2018, Miércoles

Opinión -

Hay momentos en los que me acuerdo de la generación del 98 y del muy cercano Valle-Inclán. Fueron críticos con la España de su tiempo, una España en crisis como en la que ahora vivimos, crisis moral, crisis social, crisis cultural, crisis económica y crisis de valores.  No obstante, en sus críticas hay profundas reflexiones, se paraban a pensar antes de abrir la boca, aunque cuando la abriesen ya no hubiera a veces quien los parase e incluso llegaran a las manos. 

En este colectivo había autores más conservadores y más progresistas, más temperamentales y más sosegados, pero todos tenían en común un razonamiento profundo, un análisis ponderado de la situación.

Por poner un ejemplo, Miguel de Unamuno, conocido por ser católico convencido (mas no un catolicismo superficial y de golpe en pecho, sino una religiosidad profunda, espiritual podría decirse) no tuvo problema alguno en enfrentarse en plena Guerra Civil a un Millán Astray bien subido de tono al grito de "¡muera la inteligencia!" con su famosa frase de "venceréis pero no convenceréis". El paso de los años dio la razón al vasco y se la quitó al gallego.

Pero este es sólo un ejemplo anecdótico de lo que pasa en España y me temo que seguirá pasando. Antonio Machado (junto con Quevedo y Miguel Hernández uno de los pocos poetas que servidor lee con gusto) afirmó, con toda la razón desde mi punto de vista, una frase que se me habrá oído decir en varias ocasiones "en España nueve cabezas embisten y una piensa". También se puede embestir después de pensar, pero me da la impresión de que no es la norma. Sin ir más lejos, cuando me harto de tanta embestida sin pensar, al final yo mismo embisto después de haber pensado un rato bien, pero bien largo, y pobre de aquél o aquélla al que le toque la embestida, eso sí, sin soltar insulto alguno por mis labios, quienes me conocen pueden dar fe de ello, que una cosa es estar hasta las narices de tanta afirmación sin fundamento e interesada y otra rebajarse al nivel de un vándalo. 

Pero la gente necesita tener algo en lo que creer, se vive más cómodo así, se tienen que tener unas referencias básicas porque si no andamos con dudas y la duda, como algún noventayochista afirmó, produce angustia vital en cierto grado, desasosiego de puertas para adentro, lo que evidentemente no es agradable, pero a veces necesario. Sin embargo, el español medio (e incluyo a las señoras en el saco) prefiere ahorrarse el trámite de plantearse dudas y prefiere creer, creer y defender sus creencias sin meditar mucho y, si dichas creencias son puestas en entredicho por alguien, tirársele al cuello sin dudarlo cual lobo en plena cacería alimentaria.

 

Sí, es mejor tirar de vísceras ¿Para qué pensar? La lías parda y si te sales con la tuya por cabezón/a después te recorre por el cuerpo una sensación de euforia, de victoria de "joder que llevo la razón ¡toma ya!" (reacción muy biológica por cierto, como si cual australopitécido le hubieses dado a un predador en todo el hocico). Pero no suelen llevar la razón: sólo vociferan más o son más tercos/as, punto. Y así nos va: hay dos tipos de personas que reflexionan. El primer tipo lo hace para beneficio propio, el segundo por hacer un bien. Los primeros se salen con la suya y obtienen beneficio porque torean a la mayoría que entra al trapo sin pararse dos segundos a pensar, mientras que los segundos, como los del 98, suelen (o solemos) acabar muchos días asqueados y con la sensación de predicar en el desierto. Mientras, a seguir siendo espectadores (y de cuando en cuando actores) de esta tragedia nacional, de este esperpento de Valle-Inclán, llamado España.

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