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Cultura
Hoy es Lunes, 15 de Octubre de 2018
POR J.J. CABALLERO
DESDE EL JERGÓN
Publicado el 16 de Octubre de 2017, Lunes

Cultura -

Estamos inmersos en la era de la prestancia. De medios y de miedos. De urgencias y de turgencias. De acatamientos y encaramientos. De nulidades y veleidades. De todo ello lo único que podemos sacar en claro es que el efecto contrario al buscado es mejor que el remedio a la enfermedad producida. No sé si me explico: bebemos del tiempo que nos ha tocado vivir. No hay esperanza ni retorno a la conciencia, lo que dejamos atrás se transforma en todos nuestros enemigos y la duda que siembra su sombra no garantiza un futuro mejor. Estaríamos dispuestos a afrontar la espera, como dijo el poeta baldado en el propio desequilibrio de sus versos. Besar el santo antes de partir.

Consumimos alimentos sin caducar aunque aceche el virus del botulismo, que no es sino otra consecuencia más del populismo fomentado por los lodos de los charcos anteriores, los que evitábamos en noches cerradas de mollera para que los cúmulos no acumularan lluvia negra y tenaz sobre nuestras espaldas. Sin embargo, ahí están, revolviéndose en nuestro estómago, reclamando un poco de paz entre tantas heces lubricadas por salir a divertirse, a discernirse, a distribuirse por todos los poros de la madriguera. Tienen primos hermanos esperando afuera, y les hablarán de lo que han comido hoy para vomitarlo mañana, y se reirán en el tránsito de saber que hasta las palabras se cansan de existir. Juntando letras y formando caderas nuevas descubrirán que todo es relativo porque no existe la relatividad. Cortar el paso antes de huir.

En la jungla, las nemorosas ninfas y los pudientes duendes que habitan dentro de los árboles disparan chispas bajo el rojo violento, construyendo cabañas de madera roñosa y tomando fármacos preciosos que llenarán los sueños más dulces de fantasmas aún más dulces. Demonios tus ojos. Mar otra vez. Casi ni veo, ni oigo, ni siquiera hablo. Por eso nada de lo que ves es mío, solo me dediqué a unir las piezas sobrantes en la argamasa de mis ensoñaciones para darle un poco de forma a algo que nació informe y deslavazado. Parirá la sierra un nuevo hijo, verde y frondoso, que alimente a las bestias y acate las normas por las que subsistimos aún. Turbios turbiones de hombres desinformados corren descabezados y despiezados por dentro, sin más guía que su propio pánico, sin menoscabo de su propia desintegración. Cantar el miedo antes de morir.

De frutas desabridas y malas hierbas en mal lugar están los paraísos llenos. Ahora que el viento del odio y el tiento del oído nuevo apuntan nuevas direcciones entre las fronteras que antes no existían, puede que sea el momento de recapacitar sobre cuántos zascandiles han gobernado nuestro rumbo o de si acaso alguno, vivo o muerto, ha merecido alguna vez nuestro respeto. No hay peces en un río revuelto. No hay heces en un lío resuelto. Donde antes había paz ahora hay revolución, afortunadamente hablando. Un gerundio tras un adverbio no resulta en tan dantesca gramática, aun siendo gratamente la inversión de miembros un símbolo de buena salud literaria. Sin quererlo me he pasado de la raya. Borrar el juego antes de salir.

Hablad, hablad, malditos. Soplad, soplad, benditos. Remad, remad, contritos. Matad si hay que hacerlo, mirad si hay que verlo, corred si hay que pararlo. Las acciones y las reacciones van en contra de las casualidades y las causalidades. Como ellos nos engañan no conseguirán engañar a todos, es una leyes inapelables implícitas en la ceremonia de la confusión. Por cierto, denle la bienvenida danzando sin parar. Mareados y macerados en el licor más absorbente que nadie haya vertido jamás entre nuestras piernas. Admírenlo y admítanlo con la mirada oscura y las pupilas obnubiladas por el fosfeno del despertar. Un punto negro entre la multitud. Silbar al método antes de concluir.

A las prédicas más inhumanas por la intendencia del saber estar callado. No hay disenso ni consenso, ni contento en el regocijo de la ignorancia. Expertos en redadas, imputaciones y butrones en el techo del vecino harán gala de su proverbial impaciencia y nos devolverán al camino de baldosas amarillentas. Es el momento de gastar el dinero para los últimos remiendos en pastillas que no salven a nadie y de emparedarnos entre piquetes cuyas voces de desconcierto no dependen en absoluto de nosotros. Comprobar el crédito antes de consumir.


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