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Opinión
Hoy es Martes, 28 de Junio de 2022
TRAS SUS HUELLAS
Publicado el 16 de Mayo de 2022, Lunes

José Gordón Márquez

Azuaga - Opinión -

                                          …Y al cabo de un gran rato se                                               ha encumbrado 
                                          Sobre un árbol dios abrió sus                                                    brazos bellos, 
                                          y muerto se ha quedado, ha sido                                                de ellos, 
                                          el pecho del amor muy                                                          lastimado. 
                                              SAN JUAN DE LA CRUZ 
                  
Corría el año 1955. Se echó encima la Semana Santa. A pesar de mi corta edad ya acompañaba los Vías Crucis que entonces se celebraban a las doce de la mañana. Íbamos con Cristo gran afluencia de personas: hombres, mujeres y también niños. Era una talla de regular estatura, llevada entre cuatro en sus frágiles varales. A intervalos se cantaban las estaciones, y el cura, en el recorrido, cada cierto tramo se subía a un balcón para explicar en breves palabras, las caídas de Cristo, el lienzo de la Verónica, la ayuda de Simón Cirineo… Todo el conjunto de acciones y el venerable recogimiento, hacía conmoverse las almas más sensibles. Yo, con mis ojos de niño, miraba impresionado sus manos y sus pies taladrados por los agudos clavos. Sus heridas. Los azotes. Su frente ensangrentada por la corona de espinas.  
 De pronto, y sin saber por qué, me fui quedando atrás. Desde el centro de la calle veía alejarse la procesión lentamente, mientras mi mirada permanecía fija en el Cristo. Lo que sentí en aquellos momentos es indescriptible. Me sublimó aquella imagen del Crucificado. Me trasladó de repente a las trágicas escenas de aquel primer Viernes Santo. Me interpelé en mis adentros: ¿Cómo Jesús pudo soportar tantas torturas y no caer muerto antes de llegar a la Cruz?  Esto me removió durante mucho tiempo. Tanto es así, que cuando iba para joven, algunas noches me despertaba con dolores en pies y manos llegándome a creer en alguna ocasión que podía recibir los estigmas. Aquel día, quedó grabado en mi pecho para siempre, y sigo caminando tras sus huellas. Jamás me ha acusado la conciencia de haber dicho alguna mentira. Algún tiempo después, comprendí que los clavos no taladraban las palmas de las manos, sino las muñecas. De la forma que lo conocemos las manos se hubieran desgarrado y el cuerpo no se hubiera sostenido. Para mayor Inri, por las muñecas pasan unos nervios tan sensibles que tuvo que producir a Cristo un dolor de paroxismo…  
 Paulatinamente, las procesiones han ido creciendo en vistosidad, entidad y orden, gracias al trabajo y desvelo de los responsables de la Cofradía. Y por las calles de Azuaga podemos ostentar los primorosos pasos llevados a hombros de voluntarios con la entrega desinteresada de costaleros y costaleras, cuyos sudores y trabajo quizá no sea justamente reconocidos en su plenitud.  
 Las palabras del Papa Francisco siempre tan acertadas nos dice: “Tenemos que ser una Iglesia en salida. Una Iglesia que siga las huellas del Resucitado. Aunque algunos se equivocan, pues piensan que esto es sólo sacar los santos a la calle”. 
La pobreza está en el centro del Evangelio. El misterio de Cristo que se ha abajado, se ha humillado, se ha empobrecido para enriquecernos.  
Las personas sencillas que viven con gozo su fe en ti Cruz Santa, vemos a Dios que ama hasta el extremo”. 
 Y es cierto. No podemos olvidarnos de esa larga procesión de marginados, víctimas de las garras de la guerra, de los clavos del hambre que perforan los estómagos de los olvidados, de las espinas de los pobres sin hogar que duermen en las calles arropados con cartones… 
  No puedo pasar por alto la explotación infantil por las mafias, obligando a los niños a ejercer trabajos duros como si fueran adultos.  
 Cuando la tarde cae, con blanda luz purpurina, oigo en los ecos los golpes secos de otro martillo, como aquel cuando clavaron a Cristo. Pero esta vez, es un niño quien golpea con sus débiles brazos un bloque de granito que los tiranos le obligan a fragmentar. Estas criaturas son otros cristos. 

 Fuente inagotable de Amor / Luz Divina del camino / que siempre calma la sed / y nos guías a buen destino. No nos dejes de tu mano / que el Hombre con su valor / muchas veces anda perdido / entre sombra, en negro bosque / por su torpe afán metido

Noticia redactada por :

José Gordón Márquez

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