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Cultura
Hoy es Lunes, 19 de Abril de 2021
DESDE EL JERGÓN
Publicado el 18 de Marzo de 2021, Jueves

J.J. Caballero

Cultura -

Estamos a punto de estallar y al punto de restallar lo que en condiciones normales solo sería un precipicio más. De los cotidianos y los que nos ahogan desde varios puntos cardinales y localizaciones precisas mejor hablamos otro día. La primera vez suele ser siempre la peor. En los libros de historia se recogerá la oscitancia que nos condujo a encargar una nueva resurrección, la del último saldo en la tienda de ultramarinos de la esquina. ¿Se sabe algo de los remedios que acechan como el punto y final de sus caprichos? ¿O del azar que diseña cada uno de nuestros pasos? ¿Acaso el mundo se mueve a un ritmo tan raro porque alguien lo ha decidido así? Por saber más y querer hacer las preguntas incorrectas tenemos las respuestas que hieren menos y hacen el daño que deben.

Nadie sabe por qué -estado natural de las cosas desde hace ya demasiado tiempo- hoy nos reflejamos más venustos que nunca ante un espejo deformado de fábrica. Ataviados y atravesados por la moda del siglo que viene, nos estorba la impaciencia y la menudencia nos escarba bien adentro. Nos bañaremos en ácido y viajaremos tan despacio que se nos notará el brillo de vidas anteriores. Estudiaremos disciplinas antiguas y casi nos sentiremos cómplices de las desgracias ajenas. Tampoco es nada que no nos hayan enseñado ya los falsos demócratas de la nación que empieza la casa por el tejado. Antes, durante, entre y después. De todas partes, de todo el mundo y de ningún lugar a la vez. La yactura no cuenta mientras la coyuntura cuesta lo que cueste el mínimo esfuerzo. Las bestias de afuera deben esperar la noche entera a que el último latido las ponga en su lugar. Si esto no es una lucha es que estamos directamente en guerra. Declarada y abierta. Sufragada y alerta. Alterada y despierta. Entre todos y entre nadie.

La música suena leucofea y apagada, tratando de abrirse paso entre unos oídos manipulados a conciencia. Malos contra buenos. Cerdos contra ovejas. Leves contra intensos. El acuerdo y el recuerdo. Dicen que la historia es ese lugar común donde los sentimientos y los datos se divorcian sin solución. Por eso es más fácil leerla que pensarla. Al esplín circundante, a los pensamientos impuros que deben ser puestos en tela de juicio por los mismos que piensan en voz alta sin oír a los que actúan en voz baja, se llega por caminos de tedio y desazón. Razonan y perdonan. Enconan y sazonan. Al suponer por dónde vienen los tiros te rozan el cuello las balas. Mientras llega la hora soñada de ir a por ellos con la misma crueldad que vinieron a por nosotros solo podemos suponer lo flébil del resultado, que no obstante será analizado en función de las bajas y el esfuerzo impuesto en conseguirlas. Nada de despistes. Aquí los cabos ya están bien atados.

Qué vesania es esa en la que el furibundo ataque de una minoría se impone a cualquier tipo de ley redicha y redentora de todo mal. Qué carúncula rojiza exhiben los bípedos intocables antes de entablar una batalla en la que ni siquiera tienen que asearse. Qué está ocurriendo para que la tómbola y los números girados al azar sean la apuesta más segura. En el carnaval ya no hay disfraces sino excusas, que al fin y al cabo es lo mismo. De haberlas realmente, las máscaras más caras serán las caras más vistas del espectáculo. De cintura para abajo y de nariz para arriba, seremos ojizarcos circunstancialmente y cojearemos de un solo pie para que aún podamos pedir auxilio y salir huyendo a trancas y barrancas. Seremos recompensados al final, con la esperanza vana y la alabanza sana, lautamente realimentados con la cena del día anterior al anterior, especias aparte. Eso ya requiere una cuota mensual, y afortunados somos de que no sea diaria. Si el mador que nos cubre el alma al despertar y nos protege de males mayores no lo impide, hoy será el primer día en que nos despiecen y nos pongan precio de venta al público.

En la parte trasera está el escusón, pero hay que mostrarlo cada vez que lancen la moneda al aire por nosotros. Cuando brindemos con las manos que nos corresponden y aguardemos, decumbentes y despreocupados, a que el cielo nos envíe la penúltima señal, habrá llegado el tiempo de enloquecer como nunca. Ni como antes, ni como ahora.

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