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Cultura
Hoy es Jueves, 04 de Marzo de 2021
DESDE EL JERGÓN
Publicado el 16 de Febrero de 2021, Martes

J.J. Caballero

Cultura -

Al nuevo día le salen hojas con brazos que se retuercen en busca del abrazo perfecto. Mientras, en las calles asfaltadas de ignorancia, la dama de la curva –porque la requerida niña ahora está a otros menesteres- acecha para contarnos el chiste del día, ese en el que los pueblos se desunen aún más una vez conocido el nuevo veredicto. Que, por cierto, es el mismo de ayer y el que vencerá pasado mañana, cuando no se sepa lo mismo que supuestamente se sabe hoy. El desconcierto campa a sus anchas y la bienquista opinión general es asumida como la única real y verdadera. Nos asesinan los tiempos y nos oprime la propia historia, no sus personajes, tan irreales y caricaturescos como el ciclo que los engulle.

                Los árboles caducos hojecen y los recuerdos enrojecen. Se ennoblecen aquellos que a la vez se envilecen. A veces no hay más veces que las que ya hemos tenido a mano para demostrar que almonedan con los bienes más básicos al son de las monedas de los males más víricos. Si todo se trata y se reduce a la mínima esencia de quedarse con la parte y no con el todo, si la esencia carece de presencia y la resiliencia pasa a ser influencia, ¿dónde queda la conciencia, la de ser y no la de estar, y a qué distancia estamos todavía de deshacernos de ella para siempre? La permisividad no debe ser confundida con la asertividad, pero en un mundo de dobles caras y puertas que giran siempre en la misma dirección, salir y entrar al salón principal se torna más y más complicado cuanto menos intentamos averiguar dónde y cómo se abren. El conocimiento como vía de afirmación, la aseveración como forma de resentimiento. Contra mí o contra todos. Contrarios o arbitrarios. Bestiarios y vestuarios. Forma, fondo y trasfondo. Habrá que seguir descreyendo.

                Si no asumimos que sentirnos verecundos no es una obligación, ni tan solo un deber, sino tan solo un postulado, la postura será como una costura que no repare la rotura. Rotundamente asimilados, profundamente arrinconados, profusamente avergonzados. Los ojos de los incrédulos escucharán que el día de mañana vendrá otra mañana infecta, una flora y fauna de jóvenes abducidos por la idiocia y el conformismo, congraciados solo con las cuatro paredes de su cuarto, graciables únicamente cuando la ocasión lo requiera y completamente alejados de una realidad que les viene grande. Pero a nosotros, que seguiremos confundidos y reinsertados en el nuevo orden, nos extraerán el corazón y la sangre para combustible tóxico, para aprobar la revisión anual en el recuento de almas en pena que no saben que lo son. Contaminación sórdida, sobreexposición acústica, restauración experimental. A la gaseosa que la confinen también, ahora no es necesaria.

                A los contritos que se flagelan a la menor ocasión de demostrarse a sí mismos que han venido a este mundo a hacer sufrir a los demás habría que inyectarles un par o tres de dosis de sicalipsis, simplemente para que no vuelvan a arrepentirse de algo que no han hecho. Que el gasto nunca supere al tiempo empleado en él. Que el pasto nunca sea superior a los días dedicados a consumirlo. Que el rato y el trato merezcan la pena. Que el desasimiento de las vanidades cotidianas nos haga más fuertes y menos propensos a la prueba del rebaño. El diagnóstico debería ser el de polifagia colectiva, aplicando inyectables de desánimo para que abramos la nevera con una frecuencia poco habitual y desconectemos de la vida (la palabra más triste cuando en ella se concentra toda la inmundicia del mundo), a la vez que bajamos el volumen y nos ponemos los cascos para que la pérdida sea total y absoluta. Recibirán las instrucciones por escrito. Suscribirán las emociones en refrito. Percibirán las sensaciones en manuscrito. Por y para la ciencia. Con y sin su paciencia. Desde y hasta la indolencia.

                No hay cosa más tétrica que un tálamo inundado de fluidos agraces, después de que la celebración haya sido más o menos satisfactoria. Deben ayudarse de la farmacopea de rigor, acompañada de la debida destreza, para volver a territorio cencido, donde la calma es engañosa y el instinto luce adormecido. Hay tantos caminos posibles, tantas direcciones que tomar y tantas tretas por reconocer, que solo si cerramos los oídos podremos ver con algo de claridad. El qué y el cómo descubramos después de tan noble acto merecerá pasar a la historia en la misma medida que las mordazas que nos gobiernan. 

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